8/1/12

Crónica de una quimera (y V)

Último artículo de Sergio Hernández Ibrahim escrito unos meses antes de fallecer. Concluye que ni el 'marxismo ortodoxo' ni el nacionalismo estuvieron a la altura de las circunstancias ya sea por inexperiencia o por dogmatismo mimético. Estos testimonios constituuyen una fuente histórica excepcional de un militante con mayúsculas. ¿Qué pasó en los setenta? ¿Es quizás la prueba de la existencia de una nación que, según España, es inexistente?.


"A veces podemos pasarnos años
sin vivir en absoluto, y de pronto
toda nuestra vida se concentra
en un solo instante."
Oscar Wilde


Sergio Hernández Ibrahim. La clave esencial del derrumbe de PCU [después UPC], a finales de la década de los setenta del pasado siglo, se fragua desde la tremenda crisis que se desencadenó en el seno del PCC (p) [Partido Comunista Canario provisional], fuerza política que propuso e impulsó la coalición desde sus tesis de la Revolución Nacional Popular. El nacionalismo no nació en el seno del Movimiento Obrero, aunque terminara por contaminar a gentes de izquierda e, indudablemente, tenía un gran ascendente en los colectivos obreros de la época.
Por otra parte, ¿cómo podía generarse el independentismo de las luchas puntuales y esporádicas d
e colectivos de trabajadores en un país como éste? ¿Cómo podía nacer una Teoría del Nacionalismo desde un país invertebrado, en el que las clases dominantes [subalternas] carecen de identidad política propia? Y aquí nos topamos otra vez con la misma causa histórica que determinó la radicalización de las clases medias bajas. Así que atrevámonos a decir que los adversarios internos en la lamentable coalición de finales de los setenta tenían una extracción social similar, con una diferencia: los nacionalistas carecían de un Centro Ideológico Común Inspirador de su política. Añadámosle el aluvión de gentes que arribó a la militancia, cuya mayoría se adscribió al nacionalismo, y tendremos un cóctel explosivo siempre a punto de alcanzar la masa crítica.

[Antonio Cubillo con J.A. Guadarrama representando al MPAIAC y Canarias en una reunión de la O.U.A.]
La estrategia, por llamarla de alguna manera, se asentaba en la agitación. Agitar, propagar, difundir, y en esto era inevitable la difícil concurrencia con los nacionalistas del exterior, los que cifraban grandes esperanzas en la ONU y la OUA. Tocar las trompetas y la muralla del colonialismo caerá por su propio peso. Los de la coalición de Pueblo Canario Unido organizaban en función de intereses electorales, los del exterior lo hacían para preparar un difuso levantamiento. Ninguno se propuso levantar una Organización que estructurara la simpatía y entrega de tanta militancia desperdigada y trazara una estrategia que fuera más allá de las esperanzas del momento, porque esto hubiera significado la formulación de Programas Políticos que ligaran la autodeterminación [versus Independencia] con los intereses de las clases sociales oprimidas, del conjunto del pueblo, y topar con el problema del tratamiento político que debía dársele a las nuevas instituciones políticas que se estaban construyendo a partir de la Constitución española. Había que rechazar la Autonomía, todos los problemas serían resueltos con la Independencia. Pero amagar amenazas de cambio político sin poner los medios materiales para alcanzarlo siempre conduce a la frustración, y está visto que los independentista jamás se propusieron seriamente asaltar el Palacio de Invierno, ni tampoco preparar las condiciones para una fase posterior que les fuera más favorable. Era el Todo o Nada, y tal disyuntiva sólo podía desembocar en el desánimo. En sus esfuerzos por adaptarse a la estrategia patentada en las luchas descolonizadoras del Continente, el MPAIAC cifraba grandes esperanzas en las resoluciones de los organismos africanos y el respaldo de Argelia, y la prueba del método que había logrado excelentes resultados en los años sesenta: la lucha armada. Decimos prueba, porque la versión canaria de este método liberador se tradujo en el concepto de la propaganda armada. Es decir: la lucha armada, pero menos. Amagar el golpe, hacer como que nos movemos y procurar su difusión internacional, tan importante desde esa visión del proceso. La coalición electoral, por si ya no tenía bastantes motivos para temblar, se sumió en el pánico

Y todos aquellos voladores se quedaron en eso: fuegos artificiales. Con la misma rapidez que se aglutinaron caóticamente, los nacionalistas y los ortodoxos volvieron al sueño de los justos, dejando unos minúsculos residuos aquí y allá. Pero sería un grave error interpretar estos hechos como una prueba más de la incapacidad de la pequeña burguesía para abanderar –aunque sea puntualmente- cualquier movimiento de cambio (eludamos la palabra Revolución). Lo lamentable fue lo complejo del proceso, la celeridad de la tromba política, su carácter inesperado para las fuerzas llamadas a dirigirla. Todo esto era demasiado y no permitió obtener un respiro que diera tiempo a que las clases trabajadoras respaldaran y consolidaran –sobre todo desde el escenario sindical- una opción que ofrecía amplias posibilidades de cambiar la faz política del país. Tal vez las cosas hubieran ido de otro modo si los grupos políticos se hubieran visto acuciados a dar más pasos adelante, obligando a esa misma pequeña burguesía a superar su extracción de clase. Así que al romperse la coalición y optar Argelia por dejar a Canarias en la estacada, no fue necesario que sonara el ¡zafarrancho de combate! sino el ¡sálvese quien pueda! La tormenta se aquietó por sí sola, al calor de la consolidación de las nuevas instituciones políticas. Cuando comenzó a extenderse el rumor de una importante crisis en el seno del Partido Comunista Canario (p) todo eran incógnitas y nadie podía dar cuenta de lo que estaba ocurriendo. Los contados militantes identificados intentaban tranquilizar, sin conseguirlo, a los activistas y afiliados.

Eran los tiempos de la profunda crisis de lo que se llamó Movimiento Comunista Internacional. Moscú, con la vía pacífica al socialismo, Pekín, con la lucha frontal antiimperialista y la denuncia del revisionismo soviético; añádasele el eurocomunismo, la Tricontinental, los movimientos armados en Latinoamérica, los desgarramientos civiles en países africanos, polarizados por movimientos políticos apadrinados por una u otra opción y la intervención de la CIA, Francia e Inglaterra. Angola y Mozambique se debatían en enfrentamientos armados. Kampuchea se hundía bajo la dictadura de los jmer rojos, que llevó a la intervención de Vietnam y la posterior de la China Popular. Argentina cayó bajo la dictadura militar y la masacre del movimiento democrático. El Chad se sumió en una guerra civil en la que intervinieron Francia y Libia. Gadafi propugnaba su propia vía. Cayó el Sha de Persia bajo los golpes de los shiitas islámicos, primera versión internacional del fundamentalismo musulmán. Los saharauis mantenían una guerra con Marruecos, apoyados por Argelia. Los palestinos eran derrotados (al igual que hoy) en una agresión tras otra y el Congreso Nacional Africano sostenía su combate contra el apartheid. ¿Cómo afronta el PCC (p) la formulación de una base ideológica común partiendo de la visión de un mundo tan encarnizado? Las tendencias del Partido se abrían en un abanico de sensibilidades: troskistas, cristianos de base, prosoviéticos, maoistas y tercemundistas. Las lealtades ideológicas se entrecruzaban sin agrias polémicas, con una base teórica común: la distinción entre dos tipos de contradicciones: la antagónica o fundamental, que enfrentaba los intereses de los trabajadores con los de la burguesía; y la principal, que en Canarias se manifestaba históricamente en un primer plano, y que enfrentaba [y, creo, sigue enfrentando] los intereses del conjunto del pueblo canario con los de la burguesía dependiente canaria, la oligarquía española y el imperialismo internacional. Era preciso resolver esta segunda contradicción, afrontando la tarea de construir la nación canaria, para avanzar en la resolución de la primera. Durante un tiempo esta formulación teórica dio suficiente juego para permitir el desarrollo de un amplio trabajo político. Así se fueron encauzando las inquietudes de todos los sectores del partido en un Frente Obrero, que se volcó en la organización de un sindicato de marcado carácter nacionalista, en un Frente Feminista, Vecinal, Cultural, etc. Pero posicionarse frente al desgarro universal obligaba a la adscripción a un “modelo”, el eterno sino de todo partido marxista. ¿Qué hacer? ¿La IV Internacional? ¿La autogestión? ¿El Capitalismo de Estado versión soviética? ¿La condena del imperialismo de la URSS? ¿La desconexión de Samir Amín? ¿El FLN versión Bumedián? Cada hoja de esta margarita era una bomba que amenazaba con hacer trizas una Organización que se venía construyendo haciendo encajes de bolillos. Sólo era posible el aplazamiento. Demorar toda definición, volcarse en la lucha práctica, a la espera de que el propio movimiento político marcara progresivamente las tareas a realizar y las opciones ideológicas mínimas. Pero ese mismo movimiento planteaba continuos desafíos, obligaba a fraguar alianzas puntuales y de fondo con organizaciones prosoviéticas y elementos nacionalistas sin partido, obligaba a la dirección a definiciones “provisionales” sobre el carácter político del MPAIAC, del Partido de los Trabajadores Canarios, de la Confederación Canaria de Trabajadores, que hacían rechinar y conmover los cimientos de esta precaria convergencia partidaria. No era posible convocar un Congreso, optándose por una Conferencia que remitió a un indefinido futuro las cuestiones de fondo, limitándose a solventar la formulación de varias tareas mínimas de carácter táctico. El Partido que había tenido el acierto de marcar las tareas históricas del momento, el principal fundador de Pueblo Canario Unido, se veía obligado a confesar tácitamente que no podía ir más allá, que no le era viable conformar una personalidad propia, específica, al estilo tradicional. Porque hacerlo implicaba optar por un modelo de partido sui generis, un instrumento históricamente ad hoc, que eludiera frontalmente toda controversia desgarradora, para asentar su ser partiendo de la tarea fundamental que se proponía: la resolución de la contradicción principal, la brecha hacia la Autodeterminación del país. Tal era, si mal no recuerdo, la tesis del compañero Carlos Suárez. Pero todas las corrientes presentes en el Partido venían conformando su estancia precisamente en su carácter provisional. Dejar de serlo para proclamar con franqueza la naturaleza instrumental de la Organización hubiera sido un desafío ideológico inaceptable para una buena parte de los cuadros políticos. Esto era una contradicción, ya que el carácter instrumental del Partido era evidente para todos –digamos de pasada que el PC, como cualquier fuerza política, es un "instrumento" de la clase-. Pero una cosa es ser instrumento por necesidad puntual y otra muy distinta reconocer tal carácter como un factor esencial, como una seña de identidad permanente. En definitiva, definir la personalidad del Partido conllevaba adscribirse a una identidad ideológica identificable, en línea con el abanico de corrientes que se definían marxistas, pero poca gente estaba dispuesta a permitir que prevaleciera tal o cual concepción global de la lucha política que implicara la renuncia definitiva a cualquier otra opción.


Cada cual estaba al acecho de cualquier pronunciamiento de la dirección del Partido, respecto a cuestiones que exigieran un mínimo posicionamiento ideológico. Abstención, era la consigna. De esta forma, la Organización clave de la Alianza Política de izquierda y nacionalista (esto es PCU-UPC) estaba privada de poder dirigir al menos los aspectos más importantes de los procesos que se afrontaban diariamente. Parálisis política en un momento de alta efervescencia social, franco suicidio o muerte temprana por consunción. La Identidad ideológica es la base de la formación de los cuadros, del abanico de alianzas políticas, del carácter de las relaciones internacionales y hasta de la naturaleza misma de la Revolución por la que se lucha. Asentarla en los objetivos del horizonte político histórico más inmediato implicaba una concepción radicalmente distinta del papel del Partido como instrumento al servicio de las clases trabajadoras para impulsar una alianza de las clases oprimidas, lo que se llamaba en los materiales oficiales la Revolución Nacional Popular. Esto implicaba extraer la inspiración, las bases ideológicas, del carácter mismo de las contradicciones políticas presentes en Canarias, partir de lo concreto a lo abstracto. ¿Eclecticismo? Claro está, pero ¿No estaba probando el Partido con su acción que este camino era el acertado? ¿No se estaba dando en la llaga misma? ¿No era posible entonces machacar el dogmatismo partiendo de las tesis esenciales del marxismo y definirse puntualmente en tal o cual sentido ideológico manteniendo el derecho a reservarse toda identificación global que no emanara de la voluntad de estar al servicio de una concepción nacionalista de izquierda en Canarias? ¿No se podía intentar forjar un nuevo modelo de Partido que asentara su internacionalismo en la adscripción a la lucha antiimperialista, la convergencia del movimiento obrero con el carácter progresista del combate por la emancipación de los pueblos? Tal vez, pero pagando un precio: el desfile hacia la salida de una buena parte de los cuadros adscritos a las distintas corrientes, es decir, dejar el Partido en cuadros. Se intentó evitar esto estirando la situación todo lo que se pudo, hasta que la bomba de efecto retardado estalló en la II Conferencia convocada para resolver el contencioso. Ahí se vio que los troskistas, los cristianos, los prosoviéticos, los maoistas, los tercermundistas, eran tales y seguían siendo cuales, y desfilaron disciplinadamente hacia el letrero de Salida. Excepciónense los cuatros listillos que preparaban su conversión al posibilismo del nuevo régimen político y los pocos dirigentes y militantes que quedaron personalmente destrozados por la debacle, ayunos de toda opción que intentara trascender los términos de la querella. En fin, no estábamos equipados para asaltar los cielos. Le entregamos a la reacción el derecho de primogenitura que ostentaban las clases trabajadoras bien servido en vasija de barro y de aquellos polvos han venido estos lodos: la dispersión general y una galopante depresión social y política. Cautivos y desarmados…Cierto que la Historia es larga y ésta nos enseña que su espiral no detiene jamás su revoleo. La cuestión consiste, entonces, en razonar si todo aquello fue un sueño o, más bien, la fuerte expresión de una inquietud que hunde sus raíces en el ser mismo de una formación social oficialmente inexistente.