15/2/09

Diferenciación histórica entre el canario y el español

En el apartado "Concepto de criollidad y de colonia de la época" de la obra "La Junta Suprema. Canarias y la emancipación americana", de Manuel Hernández González, se trata la diferenciación histórica que siempre existió entre el canario y el español, así como entre Canarias y España como países diferentes. Sólo a partir de la pérdida de las colonias españolas en América y el franquismo se impusieron en nuestro país términos como "península" y "penínsulares" y el hecho de considerar español al isleño.





[El canario mantuvo hasta comienzos del siglo XX una intensa relación con el caribe. Emigrantes isleños en Cuba. s.XIX.]



El concepto de criollidad y colonia de la época



La reacción de Canarias, ante los sucesos acaecidos en la Península Ibérica tras la ocupación francesa, han partido en demasía de juicios a priori sesgados y fundamentados más en la instrumentación y el apasionamiento que en un debate sereno sobre los propósitos y actitudes de sus grupos rectores. La obra de Buenaventura Bonnet (1948) incita a ello en clara contraposición con los más ecuánimes testimonios de historiadores más próximos como Francisco María de León o José Agustín Álvarez Rixo. El extenso y contrapuesto estudio del profesor Rumeu en el mismo prólogo y ya en nuestros días los de Manuel de Paz Sánchez y del que redacta estas páginas han tratado de situar el tema fuera de esa visceralidad con un estudio exhaustivo de las fuentes disponibles.



La emancipación hispanoamericana fue un complejo movimiento que no puede ser abordado al margen del contexto en que se desarrolló. En la misma medida reflexionar sobre sus consecuencias en las Islas nos puede ayudar a comprender muchos de los entresijos de la compleja maraña de problemas que atravesó el Archipiélago Canario en esos años decisivos de su historia cuáles fueron los de la invasión napoleónica de la Península Ibérica.



Ante tal coyuntura, como en la América española, debemos de erradicar un prejuicio del que se ha hecho gala al enfocar las reacciones de la elites sociales canarias y americanas: el de pensar que la llamada conciencia nacional es producto de la fe irredenta de una colectividad que visceralmente se siente española o americana. Su existencia no debe encarnarse necesariamente a un proyecto de Estado nacional, ni los protagonistas de esa hipotética identidad tienen que encaminarse automáticamente a ese fin, anteponiendo todo hacia el logro del anhelo de independencia.

La llamada conciencia nacional no es el producto mimético de un caldo de ideas que fermenta y entra en ebullición simple y llanamente porque se enciende la mecha. La historia del proceso emancipador en Hispanoamérica entra por tierra esos cantos patrioteros que todavía hoy siguen oyéndose cuando se enjuician los procesos emancipadores como el resultado de dialécticas maniqueas entre buenos nacionalistas y furibundos españolistas, totalmente fuera de sus contextos sociales y políticos.

La conciencia nacional diferenciada de los americanos no es el producto de su voluntad irredenta de contraponerse a la españolidad. Simplemente certifica, si se quiere forzadamente por la precipitación de los acontecimientos, la ineludible mayoría de edad para decidir su futuro de sus clases sociales dominantes, agobiadas por la presión de la brusca desaparición de su manto protector metropolitano y temerosas de la anarquía social y la incertidumbre exterior que ese repentino hecho conllevaba. Fue una madurez impuesta por las circunstancias, no deseada ni premeditada, muy alejada de una actitud apasionada. Fue una respuesta diversa y no unívoca porque bien diferenciadas eran las estructuras sociales y étnicas de los territorios que componían la América española.

Un texto del Observador caraqueño de 1825 afirma que se denominan colonias a <<ciertos países en que habitan gentes enviadas de la metrópoli por el príncipe o república para que vivan en ellos según las leyes de su establecimiento>>. Nada que ver con una etnia oprimida que se libera de una potencia sojuzgadora. Este es el concepto de colonia que se tenía en la época. En ese sistema <<los gobiernos están siempre respecto a las colonias en un estado de desconfianza, de celos y de indiferencia; la gran distancia hace que no se puedan conocer sus necesidades, ni sus intereses, ni sus costumbres, ni su carácter. Sus más profundas y legítimas quejas, debilitadas en razón de la distancia y despojadas de cuanto puede mover la sensibilidad, están expuestas a interpretaciones viciosas […]. Las colonias son respecto a las metrópolis lo que los hijos a los padres, y por consiguiente los derechos de estos sobre aquellas son los mismos que la naturaleza ha dado a un padre sobre los hijos […]. Mientras que la madre patria tiene sobre sus colonias la ventaja de la fuerza física y moral de un padre sobre sus hijos menores, es claro que ellas no pretenderán sacudir el yugo, ni proclamar su independencia, antes bien los lazos que las unen con aquélla serán tanto más fuertes, cuanto que consistirán en las necesidades de las colonias y en los sacrificios de la madre patria>>. El voto de la naturaleza es que todo ser que se creía se hará un día libre y las colonias se hallaban en 1808 en <<el estado de virilidad>>.

Desde ese concepto de colonia, las Canarias reunían tales requisitos. Se trataba de un territorio ultramarino, ocupado y conquistado por una potencia europea e incorporado a su soberanía. La literatura de la época la califica como tal. El teórico del anticolonialismo, el célebre Abad de Pradt, la llama la primera colonia española que se nos presenta a nosotros. El propio Humboldt la denomina como tal cuando refiere que <<con la excepción de La Habana, las Islas Canarias se asemejan poco a las demás colonias españolas>> en su gusto por las letras y la música; o cuando reconoce en Tenerife <<que hospitalidad reina en todas las colonias>>. Su propio Comandante General, el Marqués de Casa-Cagigal en un manifiesto de 1805 no se corta cuando dice que <<esta colonia, las islas Canarias, cuyo valor admiraron desde el intrépido Berckley hasta el emprendedor Nelson, merece tomar parte en el honrado empeño de vengar a su nación ultrajada>>.

Como tal colonia fue considerada por el Congreso de Panamá de 1826, un rumor que llegó a circular en el archipiélago. El 26 de mayor de ese año el Capitán General de Canarias comunica que la ha informado el recién constituido superintendente de policía que se ha expandido la voz <<de que en el Congreso celebrado por los insurgentes en Panamá el uno de octubre se acordó ir en la primavera sobre aquellas islas con tropas de transporte para su conquista, con cuyo motivo, y siendo muy lisonjeras estas noticias para aquellos habitantes por lo que anhelan unirse a los dominios insurreccionados me pide recuerde a V.E. la fuerza que tiene pedida a S.M. en unión con aquel Capitán General, siendo de urgente necesidad el que se manden por lo menos mil hombres para contener los esfuerzos de los enemigos del Trono tanto internos como externos>>. En tal calidad se planteó su unión a la Gran Colombia desde bien temprano, como lo demuestra el manifiesto insurrecional de Agustín Peraza de 1817 o en los contactos con liberales canarios de la década de los 20. El propio General Pedro Briceño comunicaba el 12 de abril de 1826 a Simón Bolívar por carta que <<es indudable que en el momento en que podamos destruir los restos de la escuadra española que cubre a Cuba, damos la libertad a aquella isla, a Puerto Rico y a las Canarias, que desean también ser americanas>>.

Aunque el estatuto de Canarias siempre fue claro, siendo integradas en el Consejo de Castilla y no en el de Indias, su consideración como un territorio ultramarino siguió siendo general. Era frecuente hasta en los protocolos notariales su calificación como Reino de Indias. Los canarios denominaban habitualmente a la Península Ibérica como España. Esa consideración a nadie le llamó la atención hasta la insurrección de las Américas que es cuando aparece ya con el tratamiento de subversiva. Así el Intendente Paadin denuncia al brigadier Antonio Eduardo en 1817 por afirmar que se remitían considerables cantidades a España <<como si estas islas no fuesen parte de España>>.

Otro tanto le ocurrió con el vino. El 17 de julio de 1813 el Síndico Domingo Calzadilla y Souza denuncia la arribada a Santa Cruz de un barco cargado de vinos <<de España>> para efectuar su descarga en la isla. El Intendente Ángel Soverón se escandaliza de que llamen a los vinos y aguardientes de la Península extranjeros: <<Yo prescindo de esta denominación a pesar de que no deja de repugnarme hablando unos españoles que tantas y tan constantes pruebas han dado y están dando de serlo y de que en nada ceden a sus compatriotas y hermanos de la Península>>. Lo natural antes es perjudicial ahora. Voces como considerar extranjero a lo peninsular o España suenan ya a separatismo.

Ese carácter de territorio ultramarino le llevó a afirmar a Alonso de Nava Gritón que las Canarias eran un <<país adyacente que no se nutre con el alimento de aquélla, ni recibe vigor de su circulación interior, debe reputarse por otros aspectos como un hijo natural o adoptivo de la madre patria, individualmente separado de ella y que, sin embargo, en su minoridad perpetua está siempre bajo su tutela, obedece a su voluntad y se conduce por sus preceptos y órdenes, pero que para subsistir necesita de tener privadamente dentro de sí mismo el principio de la existencia y de la vitalidad>>.

La consideración de los canarios como criollos, un ente diferente al de los peninsulares y los americanos, ya fue objeto de controversias en el siglo XVIII en la cuestión de la alternativa entre españoles y criollos en los provincialatos de las órdenes religiosas y en las alcaldías de los cabildos. Tales disparidades llevaron a considerarlos como americanos por parte de los reguladores peninsulares. Idéntica pugna llevó al regidor vasco del ayuntamiento de Caracas Manuel Clemente y Francia en 1775 a afirmar que no era cierta <<la unidad de nación que se supone entre los isleños de Canarias y españoles legítimos o castizos>>.

En la literatura de viajes del tránsito de los siglos XVIII al XIX los canarios fueron caracterizados como algo diferenciado de los españoles. El galo Depons cuando se refiere a éstos los excluye en sus juicios. Habla sobre ellos como los criollos de Canarias. Como tales aparecen en las partidas de bautismos. El asesino del canario José Sosa, el zambo José de Jesús Revilla, declara en su confesión en 1775 que era <<un hombre de nación isleña>>. Poundex y Mayer, dos viajeros franceses, señalan que <<se da generalmente el nombre de criollos a todos los que nacen en el país, aunque los criollos de las Islas Canarias, llamados isleños, forman parte también una parte de la población […]. Su número es mucho mayor que el de los españoles>>. Como se refiere Álvarez Rixo, al despuntar la emancipación, <<fueron considerados por los criollos como otros tales, puesto que nacieron en las Islas Canarias, provincia separada de la Península>>. Un pariente del Capitán General, Juan Manuel Cajigal no tiene problemas en calificarlos de <<tales africanos>>. El sobrino de Antonio Eduardo, el acaudalado comerciante canario en Caracas Pedro Eduardo, presidente del Tribunal del Consulado en Angostura, regidor del primer ayuntamiento de la Caracas independiente, afirma en una carta su amigo Felipe Massieu, que <<no me creí, ni me creo español, como isleño me considero colono como los americanos, y en cuanto a mis mayores me considero inglés, si hubiera sido español no estaría aquí>>.

Esa consideración de los canarios como algo diferenciado de los españoles será una constante de la Emancipación americana tanto en los bandos y manifiestos de los insurgentes como de los realistas, siendo su más célebre proclama, la de Bolívar en la Guerra a Muerte, en la que distingue entre canarios y españoles.


Extraído de:


HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Manuel. La Junta Suprema. Canarias y la emancipación americana. 2005. Ediciones Idea.


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