25/12/11

"Crónicas de una Quimera" de Sergio Hernández Ibrahim

Hace pocos meses Sergio Ibrahim publicó una serie de artículos "Crónicas de una quimera" de gran valor. Los mismos reflejan la perspectiva de un militante histórico independentista y comunista que vivió muy de cerca el desarrollo del movimiento nacional popular de la década de los 70 y 80 del siglo XX. A nuestro juicio, sus acertados análisis dan con claves fundamentales para entendernos.


Crónica de una quimera (I) por Sergio Hernández Ibrahim
Yo fui el bravo piloto de mi bajel de ensueño;
Argonauta ilusorio de un país presentido,
De alguna isla dorada de quimera o de sueño
Oculta entre las sombras de lo desconocido......

Tomás Morales

Las postrimerías de los años setenta proporcionó en Canarias un acontecimiento histórico insólito, que todavía no ha merecido la atención de los historiadores. Es posible que tales hechos estén todavía muy cercanos, o que todo eso no haya pasado realmente. Quizás todo haya sido un sueño y que estos ojos que se han de comer la tierra no vio realmente lo que vio. Tampoco sucedió la tragedia de Macondo en “Cien años de Soledad”, a despecho de “la realidad” que describe García Márquez. Tal vez no sea más que un ensueño novelesco. Basta para comprobarlo la siesta histórica de un pueblo sometido ha muchos siglos a un proceso de trepanación. Tal vez los restos del tejido cerebral donde anidan los recuerdos fueron quemados hasta la saciedad y aventados secretamente desde cualquier risco. Quizás sea cierto que el pueblo canario no existe. Que cuatro gatos dislocados se inventaron un país y que lo políticamente correcto es pasar un tupido velo. La crisis de 1898 alumbró a un Secundino Delgado. La de la caída del régimen franquista abrió una especie de paréntesis a la vez dramático y lúdico, en el que un montón de gente se puso a soñar. No fue la agitación política, no. Cierto que fue una conciencia de izquierda el detonante, la que puso en marcha la fogalera; tal vez sí un impulso progresista, un ansia de sacudirse la ignominiosa e injusta tutela sobre un país que ha soportado la ausencia de libertad nacional durante tantos siglos. La II República española no alumbró un estallido de este carácter. En la crisis de los años cincuenta el impulso popular llevó a miles de canarios a Venezuela y Cuba. El año 76 marcó un giro inaudito, porque una minoría cualificada del pueblo adoptó una actitud inesperada impulsando Pueblo Canario Unido.


¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Qué corrientes subterráneas discurrían en el seno de los corazones de miles de personas? ¿Cómo es posible que hayan sido capaces de enfrentarse con su participación personal y su voto a la conspiración de todas las clases dominantes del archipiélago, del Estado y del mundo? Tales interrogantes exigen respuestas incómodas, difíciles. Nadie se acordaba de Franco, salvo los ingenieros políticos de la transición, enfrascados en su tarea de construir un nuevo régimen político con la correlativa variante autonómica canaria, para ejecutar el lapidario axioma del Príncipe de Lampedusa, a saber: “algo tiene que cambiar para que todo siga igual”. Tal vez después de muchos siglos de postergación, después de tantos años enfrascados en la miopía social de no ver más allá del pago, el pueblo, el terruño, o el horizonte americano, desperdigados por todas partes, sintiéndose aplastados, dominados por una deformada consciencia de inferioridad frente a los usufructuarios de este dominio, los que saben, los cultos, los detentadores del poder, l@s canari@s comenzaron a interrogarse acerca de sí mismos. ¿Somos de verdad una rebatiña de individuos venidos de todas partes? ¿Este estilo de vida, esta cultura, estas costumbres, esta forma de ser, acaso nacerá de lo más hondo de una realidad social que siempre fue nuestra? ¡Ah amigo...!


Nunca tuvimos Historia, y en cinco años recorrimos la distancia que separa el Ser del no Ser. Quizás cuando todos los protagonistas se vayan finalmente a hacer bolinas se esfume para siempre aquel fogonazo que nunca existió. Aquel escándalo no encaja en ningún manual actual al uso. ¡Es que era la Independencia, la Independencia…!. Miremos para otro lado. Aquella insurgencia que no nos dejó nada, que no fue capaz de transmitirnos el más mínimo legado… Huérfanos de un imposible, los canarios admiramos hoy los juegos de abalorios y el encantamiento ilusionista, para “afrontar” nuevos retos históricos con las manos vacías. ¿Qué más da el sí o el no a la Independencia? ¿Qué más da el formalismo de las banderas? La cuestión es otra: a través de todos los vericuetos, las modas y los retrocesos, una punta de lanza encadenada a la tradición de una lucha, y mantener una voluntad política presente en el tejido social. Una herencia de aquel espíritu, para transformar el país entregándoselo a su propia gente. Pero el espíritu no está, no estuvo nunca, tal como vino se fue, en un soplo, en un instante. ¿Fue una locura? Pero las alteraciones mentales atraen la atención de los científicos, son objeto de análisis, estudios y disecciones. Se elaboran informes, se formulan diagnósticos e hipótesis. La sacudida nacionalista sólo ha obtenido (¿merecidamente?) una conspiración de silencio. Hay cosas de las que vale más no hablar.


Sin embargo, a despecho de los intelectuales orgánicos del poder, a despecho de la buena educación, merecen homenaje todos los hombres y mujeres que abandonaron sus intereses personales y que, unos más otros menos, se quemaron en esta imposible tarea. Todos los que condensaron las ansias de miles de canari@s por sacudirse un fardo ancestral. A la vuelta de los años quizás se termine por comprender que aquél fue el primer intento del pueblo canario por arribar a lo que se ha venido en llamar, con entonación cursi, la modernidad. En versión “isleña”, aquella era la primera expresión política de una sociedad de masas. Atrás quedaron los años de “Mararía”, los siglos que retrataron escritores como Tomás Morales, Alonso Quesada o Miguel de Unamuno, esa quietud casi bucólica, típica de la mentalidad colonial, que tan magistralmente han plasmado escritores como Alonso Quesada o García Márquez.
Ya no hay posible vuelta atrás. Y hoy vemos y aún seguiremos soportando cosas que hace veinticinco años hubieran hecho “fablar a las piedras”. Aún asistiremos, en su momento, a homenajes y “cantos políticos” a aquella gesta, ondeados por personajes reformistas y constructivos, en esos discursos laudatorios de las batallas florales institucionales, como argumento poético probatorio de que, alguna vez, este pueblo estuvo vivo, con esa increíble capacidad que los políticos tienen para integrar en sus soflamas los hechos históricos más subversivos, transformándolos en cosas relativas, puntuales, pero significativas, antecedentes de la voluntad de construir una nación, eso sí, moderada, dialogante, autonómica. ¿Quién no recuerda la apología de Felipe González a las Tres Culturas del medioevo toledano, como si esa convivencia entre cristianos, judíos y musulmanes fuera un mérito histórico de “España”, la misma “España” que expulsó a estas dos últimas comunidades y convirtió por la fuerza –y torturó, y ejecutó- a muchos de sus individuos?


En cuánto a los defensores de la Revolución Socialista, a la vista está. Los más destacados dirigentes y sus acólitos, con poquísimas excepciones, bien situados en las instituciones oficiales, como detentadores de cargos o funcionarios, inmersos primero en la Reforma y hoy en el pacto con las burguesías insulares y el poder dominante en el Estado español, en plena coalición con la derecha o el moderantismo, enarbolando sus programas transformadores, eufemismo expresivo de lo que alguien ha denominado gestión administrativa del dominio detentado por otros. Mucho ruido para nada. Dejemos tranquilos a los rumiantes de la debacle del modelo de las democracias populares “made in URSS”, a los nostálgicos de la República española (a la que tanto admiro) y la lucha obrera, clamando por un nuevo Frente Popular, por una nueva reivindicación del Derecho a la Autodeterminación, o asumiendo su papel de conciencia crítica de la “democracia burguesa”. Nada de conmiseración. ¿Qué sentido tiene, si ellos mismos se consideran bien instalados en el sentido de la Historia? No sé si hoy seguirán argumentando las mismas justificaciones que en aquella época: “El gran mérito de Lenin es que él carecía de un filón que nosotros podemos aprovechar. Nosotros tenemos a Lenin”. Como decía el maestro: “peor para la realidad”. “Defendella y no enmendalla”. En fin, como dicen los italianos: ¡piove, porco goberno! El gobierno es culpable del derrumbe económico, de la lluvia, de la sequía, de las crisis en la demanda turística, de la exclusión social, del caos en la construcción, de la escasez y el desorden en la enseñanza, de la moratoria turística, de las esperas sanitarias, de la carga demográfica...Los diputados y consejeros gobiernan en nombre del pueblo. Alguien podría argumentar que hay un Poder que está en todas partes y en ninguna. Que los hilos invisibles se extienden y contraen a la voluntad de un tiralíneas que lo tiene todo decidido de antemano. Pero estamos satisfechos porque sólo existe lo que se percibe y ese Poder...¿El Poder? ¿Qué dices? Esto es una democracia. El poder soy yo...(dicen). Siempre existe la tentación del patetismo. ¿Por qué no herir el corazón de lo que amamos, golpearlo, hacerle tragar el polvo acumulado de siglos? ¿Por qué no decir, por ejemplo:


Pero ¡Qué pena!


qué pena que no existas para el orgullo


qué pena que sólo seas un plomizo rechinar...


de palmeras muertas


en montañas muertas


enmarcadas en muertas laderas.


Pero abandonemos. Es absurdo dejarse llevar por la facundia del desconsuelo. Es más fascinante para la esperanza esa especie de desgarro sereno que proporciona el escepticismo. A la postre, lo único que nos queda es intentar adoptar, mientras se pueda, una cierta elegancia. L´espoir. El peso abrumador de las ideas que caracterizaron toda una época. La espiral que gira incesante machacando y reduciendo a cenizas las grandes antorchas que avizoraron El Dorado, San Borondón, La Atlántida. Y siempre se vuelve a la eterna evanescencia, a la fatal consciencia de la relatividad histórica, a la contingencia de todos los paradigmas. La sangre ardiente del alma derrochada a raudales en empresas imposibles, que los siglos postreros te entregan sin pedir nada a cambio. Pero es inevitable, aunque la teoría nos advierta constantemente que sólo podemos alcanzar los fines puntuales que brotan de nuestras propias fiebres del momento, que sólo podemos llegar a ser lo que somos. Ya dijo Marx que no es posible dar recetas para el futuro, que la Historia no tiene un final feliz y ni siquiera tiene un final. Los humanos somos pura existencia, convulsos temblores que confunden la parte por el todo y cada trozo viene a convertirse en un espectáculo grandioso a posteriori. Así que no tiene ningún valor ese patético deseo de prorrogar los transportes que sólo tenían sentido en un pasado hoy tan lejano. Hay aquí una lamentable confusión, un malentendido. Decimos ¡ya está! Todos los sufrimientos, todas las tragedias, tienen hoy un sentido claro, hagamos un último esfuerzo y se abrirán las nuevas avenidas. ¡Qué poesía deliciosa, qué lirismo sublime! Y en la noche, al abrigo del fragor y la estridencia de las luces del combate, se configura en nuestra mente el frío aliento de los parámetros de la razón y los teoremas matemáticos, los susurros que nos advierten que tampoco ahora es el momento de la trascendencia, que la trascendencia no existe. Sin embargo ¿cómo abandonar este absurdo deseo de lograr la luna?

Es cierto que la esencia del “Hombre” es su cualidad de ser social. Pero esta afirmación no nos dice nada acerca de la multiplicidad y ambivalencia de sus estímulos, de los atavismos de siglos que siguen latiendo sin control en perenne y cambiante conjunción con su entorno, forjando nuevas y nuevas combinaciones. Es posible que pueda aislarse tal o cual micra humana que parece estar siempre presente. Y más probable será que no, que nos engañamos, que tal esencia es una petición de principio. Tal vez sea cierta la tesis de Sartre: estamos condenados a ser libre, cada individuo una página en blanco, un proyecto del que podremos decir lo que es cuando ya no es, cuando ha terminado. Si esto es así, aislemos el bacilo que da sentido a la esperanza: la memoria.

Pero nunca la memoria devenida en esperpento, nunca la añoranza. Cada época, cada giro, va exigiendo nuevos ejemplares y es preciso arrojar lastre, es preciso, con Nietzche, afirmar, decir sí al esplendor y a las pesadillas. La intensidad de cada momento en incesante estallido interior, afrontando impertérrito la volubilidad del Destino. Se puede viajar momentáneamente a los espacios siderales, un sano ejercicio si retornamos con la lúcida consciencia de lo absurdo, para poder apostar con conocimiento de causa. Porque vale la pena apostar, vale la pena embriagarse con el crepitar de estas insondables emociones en que se resume la existencia. Y una de ellas es esta ternura, este afecto por estos riscos y estas gentes en que se reflejan los paisajes de mi alma. Esos paisajes de mi viaje, que tan lejos me llevan, con Zorba el Griego, no a la abstracta Humanidad, sino al corazón de todos y cada uno de los eternos perdedores del Mundo.



[Continuará]