18/1/14

Yo, pido el divorcio

Cuando un progresista español y un progresista canario se encuentran en el camino, se desencadena un idilio, estallan burbujas de tanto amor concentrado, se produce el acoplamiento de dos partículas en el infinito.
- ¡Ay… es que tenéis un acento tan dulce!
Surge una reciprocidad, una simbiosis durante la cháchara, un horizonte de causas. El progresista español y el progresista canario hablan de los derechos fundamentales de la mujer, de la lucha por la igualdad de los homosexuales, de la necesidad de eliminar los privilegios que goza la Iglesia Católica en el Estado Español –amén de su desencaje en la Constitución de 1978–, del anacronismo de la monarquía, de la lucha de clases, de la revolución en el barrio burgalés de Gamonal, del neo-liberalismo, del anti-capitalismo, y así, sumen y sigan.
Pero siempre llega ese día ‘D’ en que ambas mentes preclaras entran en crisis. Ese día ‘D’ en que se produce el gran desastre:
- Yo soy independentista.
- ¿Pero… en “las” Canarias tenéis de eso?
- ¿En dónde dices?
Independentista, independentista, independentista”… taladra ese guineo que, casi imperceptible, envenena poco a poco la sangre de Eros hasta matarlo. En esta situación, el progresista español, deseoso de paliar la situación fatal, acude mayormente al archi-usado argumento “juntos mejor que separados”. Y es entonces cuando el progresista canario auto-centrado, consciente de su realidad harto reflexionada, empieza a desgranar esas perlitas sopesadas sobre su inconsciente –por aquello de Frank Fanon– y presentes como un runrún en su sub-consciente, y le lista la conquista asesina de los pueblos nativos de Canarias, la venta de esclavos en Valencia y Sevilla y demás lugares de Extranjelia, los mono-cultivos, las épocas de hambruna y la emigración, el tributo de sangre, la prohibición de “negros, moros y canarios” de asistir a la Universidad, la consideración de Canarias como colonia española hasta 1927, los regímenes fiscales y su balanza, el nacionalcatolicismo y su represión cultural, la imposibilidad de control sobre nuestras aguas y recursos naturales, etcétera, etcétera, etcétera.
Y es que, al final, el progresista español (al igual que el facha), ni conoce ni asume cuestiones pasadas y presentes sobre qué ha sido y es Canarias para con el Estado. El progresista español cree (insisto, al igual que el facha) en la unidad de España y en su grandeza. Está incluso convencido de que la historia de su pueblo es una historia de libertad, como si el imperialismo de los libros de texto que nos meten por los ojos no existiese. El progresista español es bienintencionistamas ciego. Tanto, que al día siguiente parece no haberte visto aunque te pase rozando.

Porque la cuestión fundamental que aquí se plantea a través de este suceso común es que el “juntos mejor que separados” suena exquisito cuando las partes que conforman al conjunto, como el otro que dice, duermen en la misma cama, pagan las facturas a medias o pasean de la mano por El Retiro. Pero en este matrimonio, se produce aquello del “hacen buena pareja: él le pega y ella se deja”. Así, yo, pido el divorcio.
Autor: Luis Migue Azofra.