La década de los setenta del pasado siglo fue el tiempo de triunfos electorales que ponían en manos de los dirigentes de esta insólita Alianza (PCU, luego UPC) un poder inmenso, el poder del influjo que galvanizaba la voluntad de amplias corrientes populares que parecían estar tras la puerta esperando que alguien se atreviera a tomarlo en su mano y traducirlo en acción política. ¿Cómo es que un pueblo como el canario, tan falto históricamente de confianza en sí mismo, se atrevía a romper las ataduras de un dominio ideológico tan secular? Esta especie de erupción no podía derivar en otra cosa que no fuera el miedo. Todo el mundo se sintió presa del pánico. ¿Qué hacemos ahora? ¿Quién nos mandó jugar el papel de aprendices de brujo? El chance del apoyo electoral semejaba una bola al rojo vivo, que de forma inesperada caía en las manos de unos dirigentes que no tenían la menor idea acerca de cómo transformarla en algo identificable a medio y largo plazo. ¿Hacemos la Revolución Socialista? ¿Lucha frontal por la independencia?Toda aquella verbosidad revolucionaria, mágica expresión de la impotencia de una pequeña burguesía aupada a poner en marcha un proceso histórico –el que sea- demasiado ambicioso para su escuálida capacidad operativa, porque sólo contaban con el apoyo popular –toda clase de trabajadores, agricultores, clases medias bajas-, y enfrente un enorme aparato de Estado en conjunción con los estamentos dominantes de las burguesías del país y del Estado, arropados por el tinglado correoso de los medios de comunicación de masas, entregados a su vez a una estrategia de boicot y desprestigio, a los que se les suministró a manos llenas causas bastantes para probar la incertidumbre y la falta de visión de futuro de una coalición que terminó apareciendo penosamente ante su propio pueblo como una jaula de grillos.
La transición en Canarias estuvo marcada por el miedo al nacionalismo. Este estallido inesperado amedrentó a todo el mundo, incluyendo a los propios independentistas. El aparato de Estado bordeó la histeria, los estamentos dominantes del país denunciaban la dramática incertidumbre de una pendiente que podía llevar a la debacle, los grupos revolucionarios de izquierda hacían encajes de bolillos para eludir alianzas comprometedoras: defendían una revolución de papel, construían y deconstruían programas alternativos destinados a encauzar la agitación por la Independencia hacia cualquier camino que evitara la lucha por la construcción de un Estado, los independentistas derrochaban todas sus fuerzas en una agitación estentórea, actuando en todos los escenarios a la luz del día. Su cándida ingenuidad era lo único que salvaba su tozuda imprudencia, porque ellos sabían, pero no sabían que sabían, que estaban muertos de pavor, que todo conspiraba contra ellos, que se quedarían solos, que todas las fuerzas del mundo se agrupaban para aislarlos, para convertirlos oficialmente en lo que ya eran, unos románticos inveterados. Azuzados y empujados desde todas partes redoblaron su agitación y, cuando la marea pasó, quedaron para la Historia como testimonio de lo imposible.
Tony Gallardo, escultor y militante comunista impulsor del Manifiesto de El Hierro. Posteriormente se descafeinó hasta asumir el constitucionalismo español. Muy pronto los “izquierdistas oficiales” se apresuraron a modificar el contenido político de la coalición creando Unión del Pueblo Canario, dando entrada a partidos que carecían de todo arraigo popular, pero que disponían de su propia identidad. Así pasaron a enjugarla fuerzas como el Partido Republicano Federal (el que fundó Franchy y Roca a principios del pasado siglo) del que, salvo unos pocos enterados, nadie tenía idea de sus antecedentes históricos. Así se integró el señor Millares, meritorio investigador en el campo de la Historia del país, que se apresuró a condenar tajantemente toda veleidad independentista. Así engrosó las filas de la Revolución el PSOE histórico, que ni siquiera se molestaba en mostrar desacuerdos básicos, asombrado de adquirir una cancha política inmerecida. Era importante aislar el bacilo delirante del nacionalismo, máxime cuando, en las tinieblas exteriores, el MPAIAC condenaba el entreguismo de la coalición y clamaba por una solución internacional del conflicto histórico que enfrentaba a Canarias con el Estado español. Realmente se estaba ante un verdadero desgarro. El grueso de los cuadros dirigentes de la coalición provenía de la lucha antifranquista. Todos arribaban con la pesada carga de los problemas del pasado, con los tics y los métodos del pasado, con el lenguaje del pasado. ¡Cuántos se esforzaron por sacudirse tan pesada losa! ¡Cuántos intentaron hacer su propia metamorfosis, cambiar el corazón y ponerlo en un motor nuevo! Pero nadie estuvo en su hora mejor. Hasta los más decididos independentistas que venían de la vieja escuela se veían enfrentados a la disyuntiva de romper con los viejos camaradas que persistían en el Manual de Economía de la Academia de Ciencias de la URSS, cuando no en el Libro Rojo de Mao. ¿A dónde recurrir? ¿A Fanon, a las teorías Tercermundistas, Samir Amin, Nakruman, Che Guevara, Secundino Delgado, el Desarrollo Desigual, la contradicción Centro-Periferia?
r un cierto indigenismo] en Canarias. Fue el único que se atrevió a romper en plena dictadura con las estrategias clásicas antifranquistas y reivindicar para el país una salida política propia. La época en que este personaje se lanzó a esta apuesta condicionaba mucho su propia estrategia: vivió el auge de los movimientos descolonizadores africanos, el optimismo de la libertad y la reivindicación de las culturas marginadas. De ahí que, coherentemente, procurara arroparse en el respaldo de los nuevos Estados nacidos de esa descolonización.
"Carlos Suárez era una bandera, la única enseña que expresaba la posible construcción de un nacionalismo progresista"
¿Por qué? En el análisis de su actitud hay que desechar las interesadas versiones de los ortodoxos, que interpretaban sus movimientos en clave personalista. Según esto, su interés no iba más allá de su propio encumbramiento personal y no su coherente entrega a una cierta idea de la lucha política en Canarias. Claro es que, desde los viejos resabios conspirativos de la clandestinidad, para los marxistas-leninistas oficiales era de obligado cumplimiento la subordinación de todo comunista a las orientaciones de los grupos que tenían, más o menos, el respaldo internacional de la Marca Revolucionaria. El que pretendiera salirse del cuadro era o un traidor o un oportunista. El nombrete de personalista era un eufemismo que se utilizaba para evitar términos más duros. Personalista, pequeñoburgués, irreductible a toda disciplina ideológica. ¿Cómo se puede, después de duros años de lucha, no sentirse dolorido ante la expulsión del banquete ideológico, ante la pérdida de relación con tantos camaradas, para verse sumergido en el infierno de la marginación? La explicación es tal vez más sencilla. Una persona que tenía conciencia de las enormes tareas políticas que implicaban la lucha por la independencia, imposibles de abordar sin contar con un nutrido grupo de cuadros políticos disciplinados que dieran forma a las ansias populares y trazaran los elementos esenciales de la estrategia y la táctica política, que construyeran una Organización que fuera capaz de estabilizar la simpatía popular y hacer Historia a través de todos los desiertos. ¿De dónde podían salir estos cuadros sino de la praxis marxista, la única con el método adecuado y una mínima tradición de lucha? Por eso intentó mantener un hilo conductor con la vieja escuela. Sabía que la otra vía era la inmersión en el marasmo, en el caos difuso que emanaba del nacionalismo de nuevo cuño, para quién toda propuesta de organización y disciplina era sinónimo de freno y rendición.


















