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5/2/12

A nivel nacional



“¡Salimos a nivel nacional!” ¿Cuántas veces habré oído eso? Cuando en algún medio de comunicación de la metrópoli tienen a bien nombrarnos por cualquier razón, siempre hay alguien que suelta la frase. No entran aquí los sucesos. Pienso más bien en los Carnavales, alguna fiesta popular, la gastronomía, el turismo ¡cómo no!, etc. El canario da muestras de una alegría ingenua pero sincera. ¡Se acordaron de nosotros! “Salimos a nivel nacional” ¿Se puede decir más en menos? Y, sobre todo, ¿se puede decir más sin pretenderlo? Porque, a mi juicio, es bien claro que detrás de esa repentino entusiasmo no se esconde sino un enfermizo sentimiento de orfandad que explica muchas cosas. Explica la percepción de abandono real que existe en la sociedad canaria, olvidada como ha sido durante siglos. Detrás del sentimiento subjetivo, rastreamos la huella objetiva de hechos históricos no tan lejanos. Revela la incapacidad de análisis crítico de los fenómenos sociales, que son percibidos y asimilados de la manera más superficial. El alienante sistema educativo español en Canarias no dota a los canarios, generalmente, de herramientas analíticas críticas con las cuales poder subvertir los esquemas de dominación ideológicos, económicos, sociales, informacionales,… Sin embargo, aún más interesante que todo esto, se me antoja ese comportamiento tan pueril por el cual los canarios –hijos abandonados- suplican la más mínima muestra de cariño de la madre soberbia que tanto los desprecia mientras colma a sus otros hijos. El hecho de aparecer aunque sea de refilón en el programa más mediocre de la televisión española ya hace que el niño desvalido vuelva a su “natural” estado de adoración y postración ante la figura de autoridad venerada. ¡Con qué facilidad se olvidan los agravios cuando la autoestima está por los suelos! ¡Qué fácil es contentar a los canarios con un poquito de atención! Si además, la que aparece en la tele es tu isla y no la del vecino, ya la felicidad roza el éxtasis.



"¡Qué fácil es contentar a los canarios con un poquito de atención! Si además, la que aparece en la tele es tu isla y no la del vecino, ya la felicidad roza el éxtasis."


En un camino de ida y vuelta, haber aparecido “a nivel nacional” convierte al objeto de referencia –en definitiva, Canarias- en algo valioso y “digno”. Recibir la atención casual e interesada de nuestra madre nos dignifica, nos devuelve a nuestro “lugar natural”, el seno confortable de la madre que nos alumbró. Estamos perdonados por algún pecado original que cometimos y podemos regresar a ese paraíso español del que inopinadamente fuimos expulsados. Si alguna vez osamos levantar la voz, nos arrepentimos profundamente, ahora que nuestra madre nos presta atención y, de paso, nos vigila. Así funciona la mente de muchos canarios, que necesitan que sus paisajes, por ejemplo, aparezcan en algún medio metropolitano para concederles algún valor. U olvidan algún fugaz proceso de empoderamiento apenas iniciado para volver al redil acostumbrado. Pasado el embrujo de la tele, vuelta a la minusvaloración de lo propio tan acostumbrada.



"Malgastan su tiempo quienes intentan que el canario solucione otras cuestiones de enjundia sin empezar por lo más básico: lo que es y lo que merece ser."


Y vuelta a esperar el próximo gesto interesado de la soberbia madrastra, no madre, Castilla. No se me ocurre una relación más malsana que la que describo, fruto de siglos de expropiación, sometimiento, alienación y socavamiento de la autoestima y percepción propia de un pueblo. No esperemos que un pueblo aún preso de estas servidumbres inicie ningún proceso de cambio social merecedor de tal nombre. En mi opinión, malgastan su tiempo y energías quienes intentan que el canario solucione otras cuestiones de enjundia sin empezar por lo más básico: aquellas cuestiones referidas a su propia identidad, el lugar que ocupa en el mundo, lo que es y lo que merece ser. ¿No es acaso hora ya de que el niño crezca y sepa poner límites a su madrastra?


Josemi Martín


8/1/12

Crónica de una quimera (y V)

Último artículo de Sergio Hernández Ibrahim escrito unos meses antes de fallecer. Concluye que ni el 'marxismo ortodoxo' ni el nacionalismo estuvieron a la altura de las circunstancias ya sea por inexperiencia o por dogmatismo mimético. Estos testimonios constituuyen una fuente histórica excepcional de un militante con mayúsculas. ¿Qué pasó en los setenta? ¿Es quizás la prueba de la existencia de una nación que, según España, es inexistente?.



"A veces podemos pasarnos años
sin vivir en absoluto, y de pronto
toda nuestra vida se concentra
en un solo instante."
Oscar Wilde


Sergio Hernández Ibrahim. La clave esencial del derrumbe de PCU [después UPC], a finales de la década de los setenta del pasado siglo, se fragua desde la tremenda crisis que se desencadenó en el seno del PCC (p) [Partido Comunista Canario provisional], fuerza política que propuso e impulsó la coalición desde sus tesis de la Revolución Nacional Popular. El nacionalismo no nació en el seno del Movimiento Obrero, aunque terminara por contaminar a gentes de izquierda e, indudablemente, tenía un gran ascendente en los colectivos obreros de la época.

Por otra parte, ¿cómo podía generarse el independentismo de las luchas puntuales y esporádicas de colectivos de trabajadores en un país como éste? ¿Cómo podía nacer una Teoría del Nacionalismo desde un país invertebrado, en el que las clases dominantes [subalternas] carecen de identidad política propia? Y aquí nos topamos otra vez con la misma causa histórica que determinó la radicalización de las clases medias bajas. Así que atrevámonos a decir que los adversarios internos en la lamentable coalición de finales de los setenta tenían una extracción social similar, con una diferencia: los nacionalistas carecían de un Centro Ideológico Común Inspirador de su política. Añadámosle el aluvión de gentes que arribó a la militancia, cuya mayoría se adscribió al nacionalismo, y tendremos un cóctel explosivo siempre a punto de alcanzar la masa crítica.


[Antonio Cubillo con J.A. Guadarrama representando al MPAIAC y Canarias en una reunión de la O.U.A.]

La estrategia, por llamarla de alguna manera, se asentaba en la agitación. Agitar, propagar, difundir, y en esto era inevitable la difícil concurrencia con los nacionalistas del exterior, los que cifraban grandes esperanzas en la ONU y la OUA. Tocar las trompetas y la muralla del colonialismo caerá por su propio peso. Los de la coalición de Pueblo Canario Unido organizaban en función de intereses electorales, los del exterior lo hacían para preparar un difuso levantamiento. Ninguno se propuso levantar una Organización que estructurara la simpatía y entrega de tanta militancia desperdigada y trazara una estrategia que fuera más allá de las esperanzas del momento, porque esto hubiera significado la formulación de Programas Políticos que ligaran la autodeterminación [versus Independencia] con los intereses de las clases sociales oprimidas, del conjunto del pueblo, y topar con el problema del tratamiento político que debía dársele a las nuevas instituciones políticas que se estaban construyendo a partir de la Constitución española. Había que rechazar la Autonomía, todos los problemas serían resueltos con la Independencia. Pero amagar amenazas de cambio político sin poner los medios materiales para alcanzarlo siempre conduce a la frustración, y está visto que los independentista jamás se propusieron seriamente asaltar el Palacio de Invierno, ni tampoco preparar las condiciones para una fase posterior que les fuera más favorable. Era el Todo o Nada, y tal disyuntiva sólo podía desembocar en el desánimo. En sus esfuerzos por adaptarse a la estrategia patentada en las luchas descolonizadoras del Continente, el MPAIAC cifraba grandes esperanzas en las resoluciones de los organismos africanos y el respaldo de Argelia, y la prueba del método que había logrado excelentes resultados en los años sesenta: la lucha armada. Decimos prueba, porque la versión canaria de este método liberador se tradujo en el concepto de la propaganda armada. Es decir: la lucha armada, pero menos. Amagar el golpe, hacer como que nos movemos y procurar su difusión internacional, tan importante desde esa visión del proceso. La coalición electoral, por si ya no tenía bastantes motivos para temblar, se sumió en el pánico

Y todos aquellos voladores se quedaron en eso: fuegos artificiales. Con la misma rapidez que se aglutinaron caóticamente, los nacionalistas y los ortodoxos volvieron al sueño de los justos, dejando unos minúsculos residuos aquí y allá. Pero sería un grave error interpretar estos hechos como una prueba más de la incapacidad de la pequeña burguesía para abanderar –aunque sea puntualmente- cualquier movimiento de cambio (eludamos la palabra Revolución). Lo lamentable fue lo complejo del proceso, la celeridad de la tromba política, su carácter inesperado para las fuerzas llamadas a dirigirla. Todo esto era demasiado y no permitió obtener un respiro que diera tiempo a que las clases trabajadoras respaldaran y consolidaran –sobre todo desde el escenario sindical- una opción que ofrecía amplias posibilidades de cambiar la faz política del país. Tal vez las cosas hubieran ido de otro modo si los grupos políticos se hubieran visto acuciados a dar más pasos adelante, obligando a esa misma pequeña burguesía a superar su extracción de clase. Así que al romperse la coalición y optar Argelia por dejar a Canarias en la estacada, no fue necesario que sonara el ¡zafarrancho de combate! sino el ¡sálvese quien pueda! La tormenta se aquietó por sí sola, al calor de la consolidación de las nuevas instituciones políticas. Cuando comenzó a extenderse el rumor de una importante crisis en el seno del Partido Comunista Canario (p) todo eran incógnitas y nadie podía dar cuenta de lo que estaba ocurriendo. Los contados militantes identificados intentaban tranquilizar, sin conseguirlo, a los activistas y afiliados.

Eran los tiempos de la profunda crisis de lo que se llamó Movimiento Comunista Internacional. Moscú, con la vía pacífica al socialismo, Pekín, con la lucha frontal antiimperialista y la denuncia del revisionismo soviético; añádasele el eurocomunismo, la Tricontinental, los movimientos armados en Latinoamérica, los desgarramientos civiles en países africanos, polarizados por movimientos políticos apadrinados por una u otra opción y la intervención de la CIA, Francia e Inglaterra. Angola y Mozambique se debatían en enfrentamientos armados. Kampuchea se hundía bajo la dictadura de los jmer rojos, que llevó a la intervención de Vietnam y la posterior de la China Popular. Argentina cayó bajo la dictadura militar y la masacre del movimiento democrático. El Chad se sumió en una guerra civil en la que intervinieron Francia y Libia. Gadafi propugnaba su propia vía. Cayó el Sha de Persia bajo los golpes de los shiitas islámicos, primera versión internacional del fundamentalismo musulmán. Los saharauis mantenían una guerra con Marruecos, apoyados por Argelia. Los palestinos eran derrotados (al igual que hoy) en una agresión tras otra y el Congreso Nacional Africano sostenía su combate contra el apartheid. ¿Cómo afronta el PCC (p) la formulación de una base ideológica común partiendo de la visión de un mundo tan encarnizado? Las tendencias del Partido se abrían en un abanico de sensibilidades: troskistas, cristianos de base, prosoviéticos, maoistas y tercemundistas. Las lealtades ideológicas se entrecruzaban sin agrias polémicas, con una base teórica común: la distinción entre dos tipos de contradicciones: la antagónica o fundamental, que enfrentaba los intereses de los trabajadores con los de la burguesía; y la principal, que en Canarias se manifestaba históricamente en un primer plano, y que enfrentaba [y, creo, sigue enfrentando] los intereses del conjunto del pueblo canario con los de la burguesía dependiente canaria, la oligarquía española y el imperialismo internacional. Era preciso resolver esta segunda contradicción, afrontando la tarea de construir la nación canaria, para avanzar en la resolución de la primera. 

Durante un tiempo esta formulación teórica dio suficiente juego para permitir el desarrollo de un amplio trabajo político. Así se fueron encauzando las inquietudes de todos los sectores del partido en un Frente Obrero, que se volcó en la organización de un sindicato de marcado carácter nacionalista, en un Frente Feminista, Vecinal, Cultural, etc. Pero posicionarse frente al desgarro universal obligaba a la adscripción a un “modelo”, el eterno sino de todo partido marxista. ¿Qué hacer? ¿La IV Internacional? ¿La autogestión? ¿El Capitalismo de Estado versión soviética? ¿La condena del imperialismo de la URSS? ¿La desconexión de Samir Amín? ¿El FLN versión Bumedián? Cada hoja de esta margarita era una bomba que amenazaba con hacer trizas una Organización que se venía construyendo haciendo encajes de bolillos. Sólo era posible el aplazamiento. Demorar toda definición, volcarse en la lucha práctica, a la espera de que el propio movimiento político marcara progresivamente las tareas a realizar y las opciones ideológicas mínimas. Pero ese mismo movimiento planteaba continuos desafíos, obligaba a fraguar alianzas puntuales y de fondo con organizaciones prosoviéticas y elementos nacionalistas sin partido, obligaba a la dirección a definiciones “provisionales” sobre el carácter político del MPAIAC, del Partido de los Trabajadores Canarios, de la Confederación Canaria de Trabajadores, que hacían rechinar y conmover los cimientos de esta precaria convergencia partidaria. 


No era posible convocar un Congreso, optándose por una Conferencia que remitió a un indefinido futuro las cuestiones de fondo, limitándose a solventar la formulación de varias tareas mínimas de carácter táctico. El Partido que había tenido el acierto de marcar las tareas históricas del momento, el principal fundador de Pueblo Canario Unido, se veía obligado a confesar tácitamente que no podía ir más allá, que no le era viable conformar una personalidad propia, específica, al estilo tradicional. Porque hacerlo implicaba optar por un modelo de partido sui generis, un instrumento históricamente ad hoc, que eludiera frontalmente toda controversia desgarradora, para asentar su ser partiendo de la tarea fundamental que se proponía: la resolución de la contradicción principal, la brecha hacia la Autodeterminación del país. Tal era, si mal no recuerdo, la tesis del compañero Carlos Suárez. Pero todas las corrientes presentes en el Partido venían conformando su estancia precisamente en su carácter provisional. Dejar de serlo para proclamar con franqueza la naturaleza instrumental de la Organización hubiera sido un desafío ideológico inaceptable para una buena parte de los cuadros políticos. Esto era una contradicción, ya que el carácter instrumental del Partido era evidente para todos –digamos de pasada que el PC, como cualquier fuerza política, es un "instrumento" de la clase-. Pero una cosa es ser instrumento por necesidad puntual y otra muy distinta reconocer tal carácter como un factor esencial, como una seña de identidad permanente. En definitiva, definir la personalidad del Partido conllevaba adscribirse a una identidad ideológica identificable, en línea con el abanico de corrientes que se definían marxistas, pero poca gente estaba dispuesta a permitir que prevaleciera tal o cual concepción global de la lucha política que implicara la renuncia definitiva a cualquier otra opción.

Cada cual estaba al acecho de cualquier pronunciamiento de la dirección del Partido, respecto a cuestiones que exigieran un mínimo posicionamiento ideológico. Abstención, era la consigna. De esta forma, la Organización clave de la Alianza Política de izquierda y nacionalista (esto es PCU-UPC) estaba privada de poder dirigir al menos los aspectos más importantes de los procesos que se afrontaban diariamente. Parálisis política en un momento de alta efervescencia social, franco suicidio o muerte temprana por consunción. La Identidad ideológica es la base de la formación de los cuadros, del abanico de alianzas políticas, del carácter de las relaciones internacionales y hasta de la naturaleza misma de la Revolución por la que se lucha. Asentarla en los objetivos del horizonte político histórico más inmediato implicaba una concepción radicalmente distinta del papel del Partido como instrumento al servicio de las clases trabajadoras para impulsar una alianza de las clases oprimidas, lo que se llamaba en los materiales oficiales la Revolución Nacional Popular. Esto implicaba extraer la inspiración, las bases ideológicas, del carácter mismo de las contradicciones políticas presentes en Canarias, partir de lo concreto a lo abstracto. ¿Eclecticismo? Claro está, pero ¿No estaba probando el Partido con su acción que este camino era el acertado? ¿No se estaba dando en la llaga misma? ¿No era posible entonces machacar el dogmatismo partiendo de las tesis esenciales del marxismo y definirse puntualmente en tal o cual sentido ideológico manteniendo el derecho a reservarse toda identificación global que no emanara de la voluntad de estar al servicio de una concepción nacionalista de izquierda en Canarias? ¿No se podía intentar forjar un nuevo modelo de Partido que asentara su internacionalismo en la adscripción a la lucha antiimperialista, la convergencia del movimiento obrero con el carácter progresista del combate por la emancipación de los pueblos? Tal vez, pero pagando un precio: el desfile hacia la salida de una buena parte de los cuadros adscritos a las distintas corrientes, es decir, dejar el Partido en cuadros. 

Se intentó evitar esto estirando la situación todo lo que se pudo, hasta que la bomba de efecto retardado estalló en la II Conferencia convocada para resolver el contencioso. Ahí se vio que los troskistas, los cristianos, los prosoviéticos, los maoistas, los tercermundistas, eran tales y seguían siendo cuales, y desfilaron disciplinadamente hacia el letrero de Salida. Excepciónense los cuatros listillos que preparaban su conversión al posibilismo del nuevo régimen político y los pocos dirigentes y militantes que quedaron personalmente destrozados por la debacle, ayunos de toda opción que intentara trascender los términos de la querella. En fin, no estábamos equipados para asaltar los cielos. Le entregamos a la reacción el derecho de primogenitura que ostentaban las clases trabajadoras bien servido en vasija de barro y de aquellos polvos han venido estos lodos: la dispersión general y una galopante depresión social y política. Cautivos y desarmados…Cierto que la Historia es larga y ésta nos enseña que su espiral no detiene jamás su revoleo. La cuestión consiste, entonces, en razonar si todo aquello fue un sueño o, más bien, la fuerte expresión de una inquietud que hunde sus raíces en el ser mismo de una formación social oficialmente inexistente.


4/1/12

Crónica de una quimera IV

Demoledor artículo de Sergio Hernández Ibrahim que critica el papel liquidacionista anti-independentista adoptado por la mayoría de los 'comunistas ortodoxos' frente al 'nacionalismo' en el seno de PCU y UPC (años 70 y comienzos de los 80 del siglo XX) Posturas descentradas libres de todo responsabilidad con la realidad canaria. El diputado enviado por UPC a Madrid, Fernando Sagaseta, es el perfecto ejemplo de estas posturas 'marxistas oficiales'.



Sergio Hernández Ibrahim. Como creo haber expuesto más arriba, la contradicción comenzó a rechinar cuando UPC conquistó un escaño de diputado al parlamento español. Todas las esperanzas se tornaron en expectativas alborozadas. ¡Al fin vamos a irrumpir en un escenario inédito para el país! ¡Canarias iba a aparecer con su propio discurso! Pero no pudo ser. El diputado, muy respetable por muchos motivos, resultó un marxista-leninista ortodoxo que fustigaba a la oligarquía española y al imperialismo, un discurso genérico que, aún siendo veraz, se expresaba en aquél contexto histórico como una tesis chirriante que avizoraba más la penosa impresión de derrota de la izquierda española que había sustentado la lucha antifranquista, un residuo en medio de una colosal maniobra de cambio político perfectamente orquestada y controlada. Un solo diputado de la izquierda que ya no estaba y que, a despecho de la realidad, agitaba el puño llamando a la clase obrera estatal a una lucha imposible, dada la evidente ausencia del nonato partido político destinado a dirigirla. ¿Quién podía enfrentársele? Todo lo más el único diputado representante de las fuerzas negras del fascismo, patético remanente de un régimen que se fue y que también se desgañitaba aventando los vientos del pasado reciente. Ese dramático destino de un nacionalismo que por definición clamaba por un futuro, obligado históricamente a pactar con las corrientes nostálgicas del izquierdismo antifranquista. Un diputado que en cuanto arribaba a Madrid era escoltado por sus congéneres, viejos y meritorios camaradas veteranos de mil y una luchas (más en concreto, del minoritario PCE VIII y IX Congreso) arropado en la confortable solidaridad de siglos de peligros comunes, transportado al delirio de las soflamas comunistas –honrosas por su extracción pero excesivamente abstractas en un contexto de inminente estabilización- que muy pronto vendrían a convertirse en sinónimo de lo antaño. Un diputado inmerso en una generación que declinaba a ojos vista, lista para desaparecer. Ahí se probó el desgarro que afloraba en el Programa Político de Pueblo Canario Unido [después Unión del Pueblo Canario], que intentaba conjugar lo nuevo y lo viejo. Era imposible mezclar las dos tendencias; una tenía que prevalecer. En Madrid, el marxismo-leninismo ortodoxo, apoyado en un grupúsculo aislado; en Canarias, un nacionalismo tildado por los representantes del orden como ejemplo de griterío y confusión.

Crítica del PCU a Sagaseta por sus declaraciones contrarias a la africanidad de Canarias mientras denominaba a España 'La Península'

La ironía de este proceso no fue que cada corriente de la coalición tradujera su miedo en quitarse de encima la bola incandescente del poder, lanzándola a la otra. Lo curioso es que cada una se empeñó en reivindicarla para sí forcejeando con la oponente. No quedaron ni los jirones y todos perdieron, aunque, en definitiva, todos querían perder, huir, los independentistas hacia delante, los otros hacia una coherencia ideológica que pusiera sobre sus pies la ortodoxia marxista del momento, léase la conquista del poder político por medios pacíficos, pues, para qué negarlo, el independentismo portaba en su seno una bomba de efecto retardado, una posibilidad de acción muy, muy, peligrosa. Como alegaban los “ortodoxos del marxismo”, ¿Quién nos garantiza que este movimiento nos lleve a la liberación social, cuando el nacionalismo no puede ofrecer ninguna seguridad, con su marasmo de populismo caótico en el que se mezclan sin orden ni concierto todas las reivindicaciones políticas de un pueblo frustrado? ¿Cómo podemos seguir personándonos en un escenario como éste, sin que se nos garantice la dirección política? Fidelidad al marxismo, Revolución Social, todo esto en medio de una crisis ideológica del llamado Movimiento Comunista Internacional, que se lanzaba sin frenos por la pendiente de la disolución y el franco descrédito pregonado por los voceros de las oligarquías imperantes.

Decía Descartes: "cuándo no podemos ya tener ninguna seguridad en las mansiones que el pensamiento ha forjado a lo largo de los siglos, es preciso construir un refugio provisional que nos preserve de la intemperie y la penuria, hallar una verdad sólida, irrefutable, de la que podamos más tarde arrancar el discurso de una nueva filosofía". Los comunistas que se habían manchado con el sudor nacionalista optaron por no moverse de las ruinas de su mansión, pero como hay que hacer algo, volvieron al redil de las libertades del sistema parlamentario, a fin de jugar el papel de conciencia crítica: ¡a la Revolución por la vía de la propaganda! ¡a la conquista del apoyo de las masas! ¡a la República! De paso, realizar el trabajo esencial de liquidar el nacionalismo pequeñoburgués, el chauvinismo, sin darle cuartel.


El complejo de superioridad ideológica de los círculos marxistas y comunistas en Canarias, esa especie de posición pretenciosa, por la que se suponen a sí mismos dotados de la piedra filosofal que les permite desbrozar las claves del devenir histórico, bastando para esto su mera adscripción (más o menos formal) a la teoría marxista. Ese papel que se atribuían de demiurgos sociales, contrastaba irónicamente con el ambiente caciquil y subdesarrollado del país. En un archipiélago carente de clase obrera industrial, de tradición pujante del Movimiento Obrero ¿Dónde podían nacer las tendencias marxistas sino en el seno de la pequeña burguesía ilustrada?

El patético aislamiento de los círculos intelectuales marxistas, faltos de todo arropamiento social de las clases trabajadoras, desperdigadas a su vez en puntos dispares del país [de Canarias, of course] en un océano de pequeñas empresas, tenía que llevar tarde o temprano a presionar a favor de una reflexión política seria acerca del carácter y la naturaleza de la formación social canaria. Pero la actitud de la pequeña burguesía tenía que desembocar en una personalidad dual que hacía de la necesidad virtud y permitía el respaldo intelectual a su inacción: Por un lado, no existen condiciones objetivas ni subjetivas para la Revolución Socialista; por el otro, sólo queda asumir el papel de escenario periférico de la Revolución y presionar por las reivindicaciones obreras, a la espera de que la liberación venga del proletariado del Estado o del proletariado internacional. ¡Y esta misma gente acusaba a los nacionalistas de delirantes!

Estas cosas pueden parecer extrañas al no avisado, pero tampoco debe causar ningún asombro. La adscripción a la teoría marxista no es, ni mucho menos, una garantía contra el desbarre, los errores – a veces gravísimos -, las tergiversaciones, la lectura genérica, mimética y superficial. ¡Se han cometido tantos errores en nombre del marxismo! Han existido tantas versiones del “socialismo científico”. En la época del predominio de la URSS y China había oficinas administrativas que suministraban patentes internacionales de legalidad partidaria y hoy vemos a dónde ha ido a parar todo eso. Y todavía les rechinan los dientes a algunos/as, al recordar las barbaridades espantosas de los “comunistas” de Kampuchea, por no hablar de las inútiles y sangrientas actividades de Sendero Luminoso en Perú. Comparada con estos hechos, las vicisitudes del movimiento de izquierda en Canarias resultan una anécdota. ¿Qué puede ocurrir con una teoría como la de Marx, pasada por el tamiz de la visión del mundo de los grupos pequeño burgueses ilustrados de Canarias? 

La pequeña burguesía, tan entusiasmada con el hallazgo de una filosofía omnicomprensiva de los problemas del mundo, tan entregada a una disciplina cimentada en una lógica irrebatible, siempre a la espera del último personaje destacado que viene de cualquier parte a impartir las consignas del momento, con esa actitud prepotente que se respalda en la pujanza de movimientos políticos vigorosos. ¿Qué otra cosa puede hacer el “comunista” isleño", sino esforzarse por mantener el tipo e interiorizar el “centralismo democrático”?La adaptación al Centro. Da igual donde esté ese punto, cada vez más cambiante, lo importante es la solidaridad, llámese URSS, Cuba, Nicaragua, El Salvador. Lo importante es promover la Revolución en cualquier parte…menos en Canarias.

Esa tranquilidad ideológica que permite resolver los problemas del país con la plantilla de explicaciones genéricas que no solucionan nada, que convierten la teoría en pura fraseología que no compromete nunca a jugársela en los embates históricos, precisamente en el escenario en que nos ha tocado vivir. ¿Qué destino puede obtener un movimiento político que no está dispuesto a arriesgar nada sin garantías? ¿Quién puede pretender que la Historia le dé una póliza de seguros contra toda derrota? En el Mayo de París del 68 se pedía lo imposible. Los nicaragüenses se lo jugaron todo y, al menos, lograron cimentar un movimiento político que cuenta con un sólido respaldo popular. Claro que el nervio político del Movimiento Sandinista no estaba paralizado por la sempiterna cantinela de las angustias pequeñoburguesas. 

La medida de esa tranquilidad ideológica nos la da el confort intelectual de aquellos “comunistas oficiales”. Primero se adapta la plantilla esquemática elaborada por Lenín, referente al concepto de “vanguardia del proletariado”. A continuación se autoadjudica ese papel – ¡faltaría más! -, derivado del hecho de disponer de la Teoría Oficial y, lo que es muy importante, el método de interpretación. Y, dado que la Historia puso en sus manos tales armas, los comunistas [oficiales] siempre están en la Verdad, la Única, la Irrebatible. Por eso los comunistas siempre son los buenos. Todavía es de recordar la elegía formulada por un dirigente de izquierda, a cuento del fallecimiento en Madrid del Padre Llanos –un cura militante del Partido Comunista de España-. El padre Llanos fue comunista, el padre Llanos era una “buena persona”, todo comunista es bueno. Los comunistas son un ejemplo de rectitud insobornable, de entrega apasionada a la causa del proletariado, de honradez acorde con las necesidades de la Historia. Los comunistas son un ejemplo social a seguir. 

Esa especie de deificación de individuos particulares, por el simple hecho de su adscripción a un partido, todo lo vanguardia que se quiera, es la más grosera tergiversación típica de las zafias simplificaciones de la versión burocrática del marxismo, que en aquél contexto se intentaba divulgar para resaltar las notables diferencias con los nacionalistas desaforados. Afirmar que la militancia comunista transforma positivamente al individuo puede ser cierto con algunos matices, pero formular este axioma fuera de todo contexto histórico es una memez impresentable que hoy haría a Marx desternillarse de risa. Claro que la disciplina transforma a la gente, tal vez a mejor, tal vez a peor. Pero ningún partido –ninguno- ha obtenido de la Historia una patente de corso para erigirse eternamente en Supremo Interprete de la Verdad. Claro que hay muchos, muchísimos, comunistas excelentes, honrados, luchadores, pero también existen los mediocres, tramposos, bandidos y rematadamente estúpidos, y lo mismo cabe decir respecto a socialistas, nacionalistas, y...¿Qué más da? ¿Es que este discurso de la virtud social no es típico de la moralina simplona del hombre virtuoso que no se encuentra en ninguna parte? 

Este intento de perfilar el ser social ideal, cuyas contradicciones personales se resuelven armónica y dialécticamente, forma parte de la pedagogía pedantesca de los iniciados en el Libro. El ser humano es una informe mezcla de instintos agresivos, miseria intelectual y tendencias bondadosas, sometido a contradicciones y resentimientos, egoísmos y mezquinas ambiciones; y si, por un casual, resulta ser una persona honesta y entregada al idealismo de una causa, tal vez detrás de las bambalinas no exista otra cosa que una sensata madurez, una visión lúcida de sus locuras. Esa versión comunista del “santo laico”, monógamo, sobrio, trabajador, fiel, meritorio padre de familia, estudioso, esa película en blanco y negro, frente a la generalidad de los seres humanos acuciados por la amargura y los golpes de la vida, frente a la generalidad que intenta salvarse como puede, ya sea con el alcohol, la juerga, la agresividad, el engaño y la mentira; gente que, sin embargo, a pesar de todo, son capaces de los más increíbles actos de entrega y solidaridad. ¿Qué decir entonces de esa visión de la vida, que intenta endilgarnos que la militancia no es un estar sino un ser?

Sólo basta contraponer esta ejemplar visión al caos y la miseria ideológica de muchos nacionalistas, tal y como la exponían los portavoces de las corrientes comunistas ortodoxas. Porque en los círculos nacionalistas también abundan (como en todos los ambientes políticos) los luchadores, los honrados y...bueno, dejémoslo estar; no los he contado, pero sé que existen algunos individuos caóticos y resentidos, cuando no borrachines o amorales. Sólo basta escarbar en las causas últimas que lleva a gentes sin tradición de lucha política a pretender situarse a la altura de los marxistas ortodoxos. Los descamisados – así les llamaban los ortodoxos – son gentes rompedoras, proclives a dejarse influenciar por cualquier teoría que avale sus pretensiones, venga de donde venga. Al decir de los “enterados”, tales posiciones siempre esconden un anticomunismo larvado. Son gentes perdidas para toda labor constructiva, es inútil intentar siquiera convencerlos con el ejemplo, orientarlos. Es preferible romper el movimiento, a permitirles arribar a la dirección política. ¡Qué lamentable discurso, y a qué lamentables resultados llevó!

Aquí resulta inevitable rememorar alguna que otra reflexión aguda de don Carlos Marx. En “Las luchas de clases en Francia” escribió: “Pero las amenazas revolucionarias de los pequeños burgueses y de sus representantes democráticos no son más que intentos de intimidar al adversario. Y cuando se ven metidos en un atolladero, cuando se han comprometido ya lo bastante para verse obligados a ejecutar sus amenazas, lo hacen de un modo equívoco, evitando, sobre todo, los medios que llevan al fin propuesto y acechan todos los pretextos para sucumbir. Tan pronto como hay que romper el fuego, la estrepitosa obertura que anunció la lucha se pierde en un pusilánime refunfuñar, los actores dejan de tomar su papel en serio y la acción se derrumba lamentablemente, como un balón lleno de aire al que se le pincha con una aguja”

¿Pero es que los nacionalistas representaban acaso el nervio político de las tendencias de izquierda y progresista? No. Más bien era una panda de heterodoxos entregados con pasión a una Idea. Una materia enfebrecida en busca de la Forma Política capaz de perfilarla, de darle una identidad. El independentismo era un cauce por el que discurrían sin orden ni concierto las ansias de miles de canari@s. En sus consignas estallaban sin ningún rigor intelectual aspiraciones seculares mezcladas con la ingenua simpatía por los regímenes políticos más progresistas, fueran o no ortodoxos. En sus ansias por afirmarse, los nacionalistas rescataban del olvido todos los agravios y abusos de siglos, el primero de ellos la tesis universitaria de la inexistencia del pueblo canario. En esa búsqueda de los orígenes lucharon a brazo partido con los estamentos y partidos oficiales, golpeándoles con el escándalo del guanchismo, rescatando tradiciones interesadamente olvidadas, aplastadas por la vida oficial. Los nacionalistas lo querían todo, aquí, ahora.

30/12/11

Crónica de una quimera III

En esta tercera entrega se detalla algo más como se vivió el resurgimiento del movimiento nacional-popular y su repentino éxito. En este logrado artículo, Sergio Hernández Ibrahim describe a dos líderes independentistas del momento; Antonio Cubillo y Carlos Suárez conocido como 'Látigo Negro'.

La década de los setenta del pasado siglo fue el tiempo de triunfos electorales que ponían en manos de los dirigentes de esta insólita Alianza (PCU, luego UPC) un poder inmenso, el poder del influjo que galvanizaba la voluntad de amplias corrientes populares que parecían estar tras la puerta esperando que alguien se atreviera a tomarlo en su mano y traducirlo en acción política. ¿Cómo es que un pueblo como el canario, tan falto históricamente de confianza en sí mismo, se atrevía a romper las ataduras de un dominio ideológico tan secular? Esta especie de erupción no podía derivar en otra cosa que no fuera el miedo. Todo el mundo se sintió presa del pánico. ¿Qué hacemos ahora? ¿Quién nos mandó jugar el papel de aprendices de brujo? El chance del apoyo electoral semejaba una bola al rojo vivo, que de forma inesperada caía en las manos de unos dirigentes que no tenían la menor idea acerca de cómo transformarla en algo identificable a medio y largo plazo. ¿Hacemos la Revolución Socialista? ¿Lucha frontal por la independencia?

 Toda aquella verbosidad revolucionaria, mágica expresión de la impotencia de una pequeña burguesía aupada a poner en marcha un proceso histórico –el que sea- demasiado ambicioso para su escuálida capacidad operativa, porque sólo contaban con el apoyo popular –toda clase de trabajadores, agricultores, clases medias bajas-, y enfrente un enorme aparato de Estado en conjunción con los estamentos dominantes de las burguesías del país y del Estado, arropados por el tinglado correoso de los medios de comunicación de masas, entregados a su vez a una estrategia de boicot y desprestigio, a los que se les suministró a manos llenas causas bastantes para probar la incertidumbre y la falta de visión de futuro de una coalición que terminó apareciendo penosamente ante su propio pueblo como una jaula de grillos. 

La transición en Canarias estuvo marcada por el miedo al nacionalismo. Este estallido inesperado amedrentó a todo el mundo, incluyendo a los propios independentistas. El aparato de Estado bordeó la histeria, los estamentos dominantes del país denunciaban la dramática incertidumbre de una pendiente que podía llevar a la debacle, los grupos revolucionarios de izquierda hacían encajes de bolillos para eludir alianzas comprometedoras: defendían una revolución de papel, construían y deconstruían programas alternativos destinados a encauzar la agitación por la Independencia hacia cualquier camino que evitara la lucha por la construcción de un Estado, los independentistas derrochaban todas sus fuerzas en una agitación estentórea, actuando en todos los escenarios a la luz del día. Su cándida ingenuidad era lo único que salvaba su tozuda imprudencia, porque ellos sabían, pero no sabían que sabían, que estaban muertos de pavor, que todo conspiraba contra ellos, que se quedarían solos, que todas las fuerzas del mundo se agrupaban para aislarlos, para convertirlos oficialmente en lo que ya eran, unos románticos inveterados. Azuzados y empujados desde todas partes redoblaron su agitación y, cuando la marea pasó, quedaron para la Historia como testimonio de lo imposible.


Tony Gallardo, escultor y militante comunista impulsor del Manifiesto de El Hierro. Posteriormente se descafeinó hasta asumir el constitucionalismo español. 


El grueso de los artistas e intelectuales canarios se vio también conmocionado por este tifón. Hoy puede resultar inexplicable el Manifiesto Nacionalista de El Hierro. Escultores, pintores, poetas, literatos, narradores, todos se sintieron obligados a pronunciarse acerca de esta eclosión política, todo lo difusa que se quiera, que avizoraba el nacimiento de una autoconciencia, llamémosla de pueblo si no se desea utilizar el término nacionalista. Muy grande tuvo que ser el aldabonazo para que este sector tan sensible del tejido social se viera compelido a un acercamiento a este hecho político nuevo. No se trataba de una actitud panfletaria, ni de una identificación directa o indirecta con un movimiento político. Pero este canto, está llamada a replantearse la compleja realidad del país, es un ejemplo más de la profundidad del estallido.


La crisis de la coalición derivó en múltiples vertientes polémicas. ¡La patente política es nuestra! ¡Nosotros somos los fundadores, ustedes se sumaron después! ¡Las siglas son mías! El “gravísimo error” de los izquierdistas oficiales fue formular un Programa Político preñado de puntos soberanistas. ¿Cómo iban a prever que los locales se les iban a llenar de independentistas de toda laya, que querían avanzar por el camino que los dirigentes habían señalado? ¡Ah amigo! Una cosa es elaborar un Programa y otra muy distinta es pretender ponerlo en práctica. No debe confundirse la agitación con las necesidades de las maniobras políticas cotidianas. Qué enorme angustia ésta, hacer un Plan Político dirigido a las masas, y verse sorprendidos por la irrupción de esa misma muchedumbre que desborda toda explicación constructiva, que desea verse reflejada en la actitud y las orientaciones de sus dirigentes. ¿Qué respuesta podían dar los jefes? ¡No es esto, no es esto! ¡Hay que parar!. En la agudeza de la polémica, ambos bandos levantaron sus banderas. ¡Frente Político de Masas!, decían los independentistas. ¡Frente Político y de Masas!, respondían los “ortodoxos del marxismo”. No es un sarcasmo. Una simple conjunción [copulativa o disyuntiva] condensaba un problema político fundamental: o el Frente era una coalición de partidos, o, todo lo más, éstos eran la expresión externa de una voluntad política forjada por la decisión común de todos los militantes reunidos en Asamblea. O se trataba de una alianza de partidos que decidían la estrategia de la coalición en petit comité, donde cada fuerza política disponía de un voto –versión “marxista ortodoxa” (entiéndase este aserto como una ironía más que patética)-, o era la “Voluntad General” de la militancia la que decidía la estrategia a seguir –versión independentista-. Lo segundo era el combate, el empujón de la marea, lo otro expresaba el tirón de las riendas, el freno, la contención, y todo conspiraba para que ganaran los buenos. 

Muy pronto los “izquierdistas oficiales” se apresuraron a modificar el contenido político de la coalición creando Unión del Pueblo Canario, dando entrada a partidos que carecían de todo arraigo popular, pero que disponían de su propia identidad. Así pasaron a enjugarla fuerzas como el Partido Republicano Federal (el que fundó Franchy y Roca a principios del pasado siglo) del que, salvo unos pocos enterados, nadie tenía idea de sus antecedentes históricos. Así se integró el señor Millares, meritorio investigador en el campo de la Historia del país, que se apresuró a condenar tajantemente toda veleidad independentista. Así engrosó las filas de la Revolución el PSOE histórico, que ni siquiera se molestaba en mostrar desacuerdos básicos, asombrado de adquirir una cancha política inmerecida. Era importante aislar el bacilo delirante del nacionalismo, máxime cuando, en las tinieblas exteriores, el MPAIAC condenaba el entreguismo de la coalición y clamaba por una solución internacional del conflicto histórico que enfrentaba a Canarias con el Estado español. Realmente se estaba ante un verdadero desgarro. El grueso de los cuadros dirigentes de la coalición provenía de la lucha antifranquista. Todos arribaban con la pesada carga de los problemas del pasado, con los tics y los métodos del pasado, con el lenguaje del pasado. ¡Cuántos se esforzaron por sacudirse tan pesada losa! ¡Cuántos intentaron hacer su propia metamorfosis, cambiar el corazón y ponerlo en un motor nuevo! Pero nadie estuvo en su hora mejor. Hasta los más decididos independentistas que venían de la vieja escuela se veían enfrentados a la disyuntiva de romper con los viejos camaradas que persistían en el Manual de Economía de la Academia de Ciencias de la URSS, cuando no en el Libro Rojo de Mao. ¿A dónde recurrir? ¿A Fanon, a las teorías Tercermundistas, Samir Amin, Nakruman, Che Guevara, Secundino Delgado, el Desarrollo Desigual, la contradicción Centro-Periferia?


Había dos dirigentes nacionalistas que hubieran podido aglutinar a su alrededor las respectivas grandes tendencias que concentraban el activismo del movimiento general. Uno era el jefe del MPAIAC, personaje singular y, en cierto modo, precursor del nacionalismo [moderno, aunque muy lastrado por un cierto indigenismo] en Canarias. Fue el único que se atrevió a romper en plena dictadura con las estrategias clásicas antifranquistas y reivindicar para el país una salida política propia. La época en que este personaje se lanzó a esta apuesta condicionaba mucho su propia estrategia: vivió el auge de los movimientos descolonizadores africanos, el optimismo de la libertad y la reivindicación de las culturas marginadas. De ahí que, coherentemente, procurara arroparse en el respaldo de los nuevos Estados nacidos de esa descolonización. 

Lo grave de este personaje, al que nadie puede negarle sus méritos históricos iniciales, es que sus virtudes – la intuición histórica para recoger los grandes rasgos que marcan el nacimiento de una nueva época, el carisma, la capacidad de maniobra en los escenarios internacionales, la capacidad de difundir ilusión y confianza en las posibilidades del país - estaban a la altura de sus enormes defectos – sus hábitos autoritarios, por no decir dictatoriales, su franca posición contra la izquierda nacionalista, su mimetismo mecánico de las experiencias tercermundistas, sus métodos caóticos de dirección política, su concepción utilitarista de la teoría política, su magnificación de los hábitos conspirativos-. 

La medida de la grandeza de los grandes personajes históricos la da su genio para unificar todas las tendencias en un Proyecto Común, su talento para estar por encima de las diversas corrientes, su sabiduría para identificarse como autoridad reconocida prescindiendo de toda imposición del consabido método administrativo y/o dictatorial. Si a esto se le une la lucidez y la intuición de avizorar el sentido histórico que se esconde tras las maniobras y pequeñas batallas cotidianas, se forjará un pacto tácito que convertirá su ambición personal en un patrimonio de todos. Desgraciada y probablemente, los tiempos no eran muy proclives y la figura se desfondó al crear a su alrededor un deplorable desierto, dada su nefasta desorientación y la falta de compresión acerca del significado del término negociación. Para este hombre negociar era aceptar pura y simplemente sus propuestas lo que, dada la difusa confusión que padecía y la que se extendía por todas partes, no podía llevar a otro resultado que a la parálisis y la agudización de la lucha civil en el seno del propio movimiento. 

La grandeza. ¿Qué es esto? La grandeza política no tiene necesariamente que ver con la grandeza humana. Churchill fue políticamente grande, a pesar de sus mezquindades y su retrógrado chauvinismo anglosajón. El Che pasará a la Historia sobre todo por su altura humana, que en absoluto desmerece su grandeza política. Las épocas en que vivieron les dio a cada uno el paisaje que les dotó de una identidad concreta, al igual que a Marx, Bakunin, Garibaldi, Rosa Luxemburgo, Lincoln, Roosevelt, Martí, Fanon, Gandhi o Mandela. Admiramos la altura humana de muchos personajes históricos, pero nos fascina la grandeza política de tantos en los que más vale no rebuscar en su vulgar o cicatera vida personal. Y no es que el destino de una idea política dependa exclusivamente de la presencia del Napoleón de turno, pero es que la Historia es un juego, dramático si se quiere, un juego que revolea, se extiende y, a veces, viene a desembocar en situaciones puntuales en la que todo depende de la acción de una ínfima minoría o de una sola persona. Son momentos únicos en los que una infinidad de voluntades individuales se condensan en un solo actor o en un pequeño grupo, por el que se está dispuesto a jugárselo todo. ¿Por qué? Aquí hay una sutil interacción de sentimientos. Es imposible divorciar de la acción política el par amor-odio que alinea las diversas formas de entender nuestro mundo, nuestras maldiciones, nuestros callejones sin salida. Se forja así el sujeto ideal que es capaz de transformar nuestras frustraciones y esperanzas en una milicia única. Y depositamos nuestra confianza y destino en alguien que unas veces lo merece y otras no. Ya vendrá el veredicto, que a lo mejor dependerá de la actitud de exigir mucho o demasiado poco, habida cuenta del escenario de la tragedia. Emiliano Zapata y Pancho Villa se debatieron como leones tal vez porque se apresuraron, pero había que hacerlo porque aquello era insoportable.

"Carlos Suárez era una bandera, la única enseña que expresaba la posible construcción de un nacionalismo progresista"

Otro dirigente tuvo la posibilidad y la perdió: el compañero Carlos Suárez, destacado líder del Movimiento Obrero y del Partido Comunista Canario; vivió personalmente el desgarro derivado de su rompimiento con la dinámica de los grupos marxistas del país, miméticamente adscritos a las consignas pretendidamente internacionalistas de las corrientes comunistas de la época, que asignaban a Canarias un papel subordinado a las tendencias generales. Fue uno de los más importantes forjadores del PCC (p) y de la coalición, creía sinceramente que era posible una alianza de y con los grupos marxistas revolucionarios, bajo la consigna del Derecho a la Autodeterminación. Venía del Partido Comunista de la clandestinidad antifranquista, pero estuvo entre los primeros comunistas que se interrogaron acerca de la lógica que negaba al país su propio camino de emancipación, lo que le llevó a defender la independencia. 

Las diversas corrientes ideológicas de izquierda, según su concepción, debían supeditarse al objetivo común y se negaba a adscribirse a ninguna de ellas, actitud que fue un arma en manos de sus adversarios “ortodoxos”, que la interpretaban, en el lenguaje de la época, como muestra de oportunismo político, tachándole de personalista. Este dirigente era un problema por su prestigio político, era un problema porque venía del comunismo, era un problema porque se negaba a renunciar a sus concepciones nacionalistas. Era preciso aislarlo. Y lo aislaron. Carlos Suárez era la subversión de los “lugares comunes”. Su frontal negativa a patentar una versión ortodoxa –llámese soviética, maoísta o troskista- de la ideología comunista, no tenía otro sentido que el intento serio de afrontar con rigor las tareas de hacer la Revolución desde la realidad de su propio país. Al margen de sus aciertos y errores, de sus intenciones subjetivas, Carlos era una bandera, la única enseña que expresaba la posible construcción de un nacionalismo progresista, tal vez la única posibilidad de institucionalizar una opción política con capacidad de atravesar la marea de la estabilización y salvar un patrimonio político merecedor de una suerte mejor de la que tuvo. Era un aglutinante peligroso y los ortodoxos montaron un operativo destinado a liquidarlo políticamente. Cayó en la encerrona esencialmente por dos causas: primero, porque llevaba en su corazón el dilema hamletiano: ser o no ser comunista. ¿Tendría o no tendría las fuerzas necesarias para romper con los grupos que suministraban la patente del marxismo-leninismo? ¿Sería capaz de forjarse su propia realidad política, aún a riesgo de verse sometido a la condena de los ortodoxos? 

Tal angustia obnubiló su capacidad de maniobra y nunca se atrevió a romper francamente con los viejos moldes. Lo intentó, pero fue tal el aluvión de ataques y conspiraciones que sufrió, que le venían de todos lados, que apenas podía pergeñar una extraña combinación de maniobras defensivas y protestas de fidelidad a la causa del proletariado. Cuando los ortodoxos culminaron su objetivo de zapar el movimiento sindical y defenestrar las tendencias independentistas, este dirigente había quedado ya destrozado, incapaz de iniciar cualquier maniobra de acercamiento a los “Últimos de Filipinas”, algunos de los cuales, paradójicamente, habían colaborado a descabalgarlo, probablemente por dos razones: porque, dada la confusión imperante, era imposible averiguar las intenciones últimas de cada cual y, tal vez lo más importante, porque este destacado dirigente, con un pie en el comunismo y otro en el nacionalismo, nunca se atrevió a proclamar a los cuatro vientos [y ejecutar] su franca ruptura con la vieja política e intentar el acercamiento negociador hacia las corrientes más radicales, para intentar rescatarlas del marasmo y la confusión política.

¿Por qué? En el análisis de su actitud hay que desechar las interesadas versiones de los ortodoxos, que interpretaban sus movimientos en clave personalista. Según esto, su interés no iba más allá de su propio encumbramiento personal y no su coherente entrega a una cierta idea de la lucha política en Canarias. Claro es que, desde los viejos resabios conspirativos de la clandestinidad, para los marxistas-leninistas oficiales era de obligado cumplimiento la subordinación de todo comunista a las orientaciones de los grupos que tenían, más o menos, el respaldo internacional de la Marca Revolucionaria. El que pretendiera salirse del cuadro era o un traidor o un oportunista. El nombrete de personalista era un eufemismo que se utilizaba para evitar términos más duros. Personalista, pequeñoburgués, irreductible a toda disciplina ideológica. ¿Cómo se puede, después de duros años de lucha, no sentirse dolorido ante la expulsión del banquete ideológico, ante la pérdida de relación con tantos camaradas, para verse sumergido en el infierno de la marginación? La explicación es tal vez más sencilla. 

Una persona que tenía conciencia de las enormes tareas políticas que implicaban la lucha por la independencia, imposibles de abordar sin contar con un nutrido grupo de cuadros políticos disciplinados que dieran forma a las ansias populares y trazaran los elementos esenciales de la estrategia y la táctica política, que construyeran una Organización que fuera capaz de estabilizar la simpatía popular y hacer Historia a través de todos los desiertos. ¿De dónde podían salir estos cuadros sino de la praxis marxista, la única con el método adecuado y una mínima tradición de lucha? Por eso intentó mantener un hilo conductor con la vieja escuela. Sabía que la otra vía era la inmersión en el marasmo, en el caos difuso que emanaba del nacionalismo de nuevo cuño, para quién toda propuesta de organización y disciplina era sinónimo de freno y rendición.


Y fracasó por las mismas buenas razones que condicionaban sus maniobras de avance y repliegue. Su drama es, en cierto modo, patrimonio de todos nosotros, de todos los nacionalistas y comunistas consecuentes; y yo estoy obligado a reconocerlo desde una perspectiva más que autocrítica.

27/12/11

Crónica de una quimera II

Para estas fuerzas políticas [izquierda española] el nacionalismo podía ser un motor más de la “lucha de clases” si se aplicaban ciertos elementos correctores, el más importante de todos: si era dirigido por la “vanguardia de la clase obrera”, es decir, por los comunistas. En frase de un destacado dirigente de aquella época: “no sabemos a dónde nos puede conducir el delirio nacionalista”.
Sergio Hernández Ibrahim. Después de las primeras elecciones democráticas de 1977, en las que la candidatura de Pueblo Canario Unido logró un resultado digno, aunque sin representación, los locales del Sindicato Obrero Canario se vieron desbordados por una verdadera invasión de trabajadores que venían “a afiliarse al partido”. La gente no distinguía entre política y sindicalismo, lo que llevó a los primeros activistas sindicales a dar a la Organización un fuerte acento político. En la segunda mitad de la década de los setenta, los movimientos políticos reverberaban. Los trabajadores, los jóvenes, se movilizaban en todos los ámbitos: los institutos, la universidad, las asociaciones, el movimiento sindical. Afloraron como hongos infinidad de partidos con la marca nacionalista, Partido Comunista Canario (p), MPAIAC, más tarde Congreso Nacional Canario, Movimiento Canarias Libre, Pueblo Canario Unido, posteriormente Unión del Pueblo Canario, coaliciones que integraban a distintas corrientes, puramente independentistas unas, nacionalistas de izquierda otras. El filón del reclamo nacionalista atrajo al mismo campo a otras fuerzas políticas que se reclamaban del marxismo, algunas todavía clandestinas en aquella época: Partido Comunista Internacional, Partido Comunista marxista-leninista, Oposición de Izquierdas del Partido Comunista de España, Partido de Unificación Comunista, más tarde Movimiento de Izquierda Revolucionario del Archipiélago Canario (MIRAC). Pero esta atracción era muy contradictoria: para estas fuerzas políticas el nacionalismo podía ser un motor más de la “lucha de clases” si se aplicaban ciertos elementos correctores, el más importante de todos: si era dirigido por la “vanguardia de la clase obrera”, es decir, por los comunistas. En frase de un destacado dirigente de aquella época: “no sabemos a dónde nos puede conducir el delirio nacionalista”.

Los grupos políticos se hacían y deshacían en intervalos de meses, a veces de pocas semanas. Pero la coexistencia agónica entre los comunistas y los nacionalistas, situados todos en los arrabales del nuevo sistema político que se construía desde la “transición” no podía durar mucho. Los nacionalistas reivindicaban abiertamente la independencia, pero carecían de programas alternativos que les situara en una posición favorable frente a la “normalización” que se avecinaba. La vía de la descolonización propugnada por el MPAIAC hizo pronto aguas por todos lados; el resto afrontaba una lucha de masas que carecía de todo referente positivo que permitiera mantener un apoyo mínimamente digno cuando la marea movilizadora remitiera. Los comunistas [“radicales”] deseaban presionar, bien que sin rumbo cierto, manteniéndola abierta mientras se pudiera, una lucha que evitara la definitiva estabilización, en la conciencia de que ésta daría al traste con toda posibilidad de cambio revolucionario. Pronto se vio que esta contradicción tenía que llevar a la quiebra de la alianza entre comunistas y nacionalistas. Ambos luchaban por el poder, por la dirección del proceso, pero ninguna tenía las condiciones políticas apropiadas para utilizarlo en algún sentido constructivo. Los comunistas, porque carecían de toda alternativa viable para instalar un régimen revolucionario, no ya en España, sino en Canarias. A esto último se negaron de plano, y ni tan siquiera estaban dispuestos a mantener una coalición que conquistara una influencia basada en la punta de lanza de la Autodeterminación del país, para atravesar con un éxito mínimo el desierto del nuevo régimen que se avecinaba a ojos vista, a fin de alcanzar un grado estimable de movilización popular, porque esto significaba “dejarse arrastrar por el nacionalismo burgués”. Así que prefirieron romper con los nacionalistas, lo que arrastró esta insólita alianza al descrédito y la inanición política.

Los nacionalistas, desorientados y confundidos, faltos de toda visión realista, y carentes de todo programa alternativo que se propusiera de algún modo también esta “travesía del desierto”, emplearon sus fuerzas en una dura controversia con los comunistas. Ambas líneas se enfrascaron en una inútil y penosa confrontación en la que se tildaron mutuamente de traidores y vendidos, unos al colonialismo, otros a la reacción internacional. Unos quedaron situados dentro del sistema, si bien con un “planteamiento crítico” muy minoritario, otros prefirieron mantenerse como “francotiradores contra el colonialismo”, probando la vía electoral de vez en cuando para comprobar su absoluta falta de porvenir. Todos colaboraron a un hundimiento que era inevitable desde el origen. Esta fue la época de la polémica sobre el significado del Derecho a la Autodeterminación. El hecho de que el debate –por otro lado bastante irregular y tormentoso- se centrara en este tema, mostraba bien a las claras que el tiempo de la lucha estaba pasando, y que entrábamos en una nueva fase que no se proponía cambiar el mundo, sino explicarlo. Y, ya se sabe, explicar, polemizar, filosofar, dudar, dejar stand by, una pendiente o declive que lleva directamente a la pérdida del nervio que mantiene la voluntad de lucha. Una polémica interesante, casi, casi, planificada por la Providencia. O, quizás, por una Inteligencia Superior que pocas veces aflora en los relatos históricos, pero que tiene servidores en todas partes. Esta quiebra no se desencadenó sólo en las cúpulas dirigentes, sino que fue un tornado que se extendió a lo largo y ancho de todos los movimientos organizados, sindicatos, asociaciones cívicas, partidos. Todo el movimiento, entendido en sentido amplio, se escindió en infinidad de grupúsculos que perdieron todo contacto con las masas, mientras la sociedad entera se sumergía en una nueva fase de “armonía colonial”.
Sea como sea, y a despecho del diagnóstico histórico ¿Quién puede negar que aquellos fueron años “vividos peligrosamente”? Todo el mundo enfrascado en un quehacer cotidiano que parecía llevar a una pronta liberación de la tierra, todo el mundo margullando en las distancias cortas, forjando alianzas temporales, saliendo de un grupo para ingresar en otro, todo el mundo aparentando lucidez, vendiendo neveras a brazo partido, todo el mundo decepcionando tarde o temprano a sus seguidores. Manifestaciones, huelgas, elecciones, y los dirigentes condenando, pontificando, conspirando. Cambios de cerraduras, reivindicación de locales, asaltos nocturnos, sustracción de papeles y maquinas multicopistas, carreras por llegar antes a la ventanilla de siglas del Ministerio del Interior. Nadie manejaba los hilos, todos eran honrados, todos dieron lo que pudieron, todos deseaban la Revolución. Y, al fondo, la angustia existencial, las crisis personales, porque, cuando todo se acaba ¿Qué va a ser de mi vida? (aserto que, aunque parezca increíble, responde a una anécdota real).


El militante típico pertenecía a la estirpe de los que no podían separar su vida personal de la actividad política. ¿Qué es lo que lleva a cierta gente a entregarse a una causa y estar dispuesta a darlo todo por ella? La cuestión no tiene respuesta sólo en el intelecto. Hay cientos de miles de personas que saben que no podemos, que no debemos seguir viviendo así...y siguen viviendo. El tema es: ¿Cómo nace la pasión por vivir intensamente la lucha por un mundo mejor? ¿Qué hace que esta pasión se convierta en el objetivo de toda una vida y se subordine a ella el afecto personal, la profesión, el goce del arte, el sexo? Para el militante típico al principio fue el Verbo, el discurso, la explicación lúcida de las contradicciones del mundo, un irresistible imán de una fuerza tal, que arrebataba y empequeñecía las mezquindades cotidianas. La Libertad de Canarias, la Emancipación de los Trabajadores, la Lucha de Clases, el meticuloso análisis de los procesos sociales que brindaba el marxismo, una guía para la acción, un método, una filosofía acerca del poder. Dijo el filósofo (Hegel, 1770-1831): “los “hombres” creen, al perseguir sus fines personales, que en ellos se resume todo el movimiento del mundo, porque no pueden concebir en su pequeñez que, al alcanzar tales fines, ejecutan realmente lo que la Razón se ha propuesto”. El marxismo era la conciencia del Movimiento Histórico, el control real de los procesos sociales, el Plan Puntual en un devenir Infinito. Decía Henry Miller de John Reed que un hombre que se propone liberar a la Humanidad, que se propone afrontar un objetivo tan vasto, está realmente huyendo de sí mismo. Pero Miller olvidaba que tal propósito nunca se consigue y que a la postre lo único que queda de toda experiencia es el forcejeo en las cortas distancias. ¿Qué puede narrar cada uno de las grandes o pequeñas batallas en que ha participado? Se pueden contar con pocos dedos los Tolstoy capaces de dar un cuadro de las epopeyas de los pueblos. Así que, apenas, se pueden relatar los encuentros en la clandestinidad, los planes de lucha, el romance borrascoso con aquella persona progresista a la que se estaba tan íntimamente unido/a. También está el odio, el odio al adversario, a la policía. Y el miedo, el miedo a una caída, a un fallo, a la cárcel, a la muerte y ¿por qué no? al desamor, a la incomprensión, a que nadie reconozca los méritos y el empuje que daban sentido a ese sufrimiento.


Y el Poder. El Poder. Da igual el escenario. Otórguese un poder, uno cualquiera, una capacidad de influir directamente en las personas, un reconocimiento, un statu de dirigente. Todos los sufrimientos de una vida adquieren entonces una nueva luz. Toda mi vida ha sido una preparación para esto. Al igual que la inteligencia se espolea ante la adversidad, al igual que la familia es la garantía de una emanación de afectos que nos aferra al mundo, aunque sea mentira, aunque el telón de fondo no sea más que el resentimiento, la aversión, la envidia, las ansias de destrucción, el mando es la garantía de ser querido. Para esto hacía Lorca poesía, pero todos no tienen ese don. Como la pescadilla que se muerde la cola, la acción política ofrecía un atractivo: la capacidad de lograr la Utopía gozando. El mundo va a cambiar, Yo lo estoy cambiando, todo encaja.


En el 76 era relativamente fácil hacer sindicalismo. Se pueden rememorar cientos de anécdotas extraídas de la agitación diaria. Una vez se logró reunir a un grupo de sesenta trabajadores de hostelería en las mismas instalaciones de la empresa. Comenzó el mitin una compañera que disertó sobre temas estrictamente sindicales y así continuaron otros activistas. Era palpable que los obreros –las masas- no prestaban una gran atención. Cuando le llegó el turno de hablar al activista político-sindical se sorprendió a sí mismo dejándose llevar por el lirismo de un discurso que entremezclaba y solapaba las cuestiones sindicales y los objetivos políticos: la Autodeterminación, un nuevo Estado, una Historia secuestrada. Todos empezaron a adoptar una actitud de asombro alborozado y fueron apiñándose a su alrededor. Sonaron bravos, aplausos, se abrió un coloquio en el que nadie se planteó siquiera las dramáticas dificultades de un objetivo político tan ambicioso. Era lógico desconcertarse ante tal reacción -¿qué es lo que he dicho?-. Era lógico intuir vagamente que se estaba extendiendo un reguero de fuego que arrastraba a todos. Lo importante era la Idea, una idea que hechizaba, que sembraba una ilusión de cambio que transformaría radicalmente la vida.

25/12/11

"Crónicas de una Quimera" de Sergio Hernández Ibrahim

Hace pocos meses Sergio Ibrahim publicó una serie de artículos "Crónicas de una quimera" de gran valor. Los mismos reflejan la perspectiva de un militante histórico independentista y comunista que vivió muy de cerca el desarrollo del movimiento nacional popular de la década de los 70 y 80 del siglo XX. A nuestro juicio, sus acertados análisis dan con claves fundamentales para entendernos.



Crónica de una quimera (I) por Sergio Hernández Ibrahim
Yo fui el bravo piloto de mi bajel de ensueño; 
Argonauta ilusorio de un país presentido, 
De alguna isla dorada de quimera o de sueño 
Oculta entre las sombras de lo desconocido......

Tomás Morales

Las postrimerías de los años setenta proporcionó en Canarias un acontecimiento histórico insólito, que todavía no ha merecido la atención de los historiadores. Es posible que tales hechos estén todavía muy cercanos, o que todo eso no haya pasado realmente. Quizás todo haya sido un sueño y que estos ojos que se han de comer la tierra no vio realmente lo que vio. Tampoco sucedió la tragedia de Macondo en “Cien años de Soledad”, a despecho de “la realidad” que describe García Márquez. Tal vez no sea más que un ensueño novelesco. Basta para comprobarlo la siesta histórica de un pueblo sometido ha muchos siglos a un proceso de trepanación. Tal vez los restos del tejido cerebral donde anidan los recuerdos fueron quemados hasta la saciedad y aventados secretamente desde cualquier risco. Quizás sea cierto que el pueblo canario no existe. Que cuatro gatos dislocados se inventaron un país y que lo políticamente correcto es pasar un tupido velo. 

La crisis de 1898 alumbró a un Secundino Delgado. La de la caída del régimen franquista abrió una especie de paréntesis a la vez dramático y lúdico, en el que un montón de gente se puso a soñar. No fue la agitación política, no. Cierto que fue una conciencia de izquierda el detonante, la que puso en marcha la fogalera; tal vez sí un impulso progresista, un ansia de sacudirse la ignominiosa e injusta tutela sobre un país que ha soportado la ausencia de libertad nacional durante tantos siglos. La II República española no alumbró un estallido de este carácter. En la crisis de los años cincuenta el impulso popular llevó a miles de canarios a Venezuela y Cuba. El año 76 marcó un giro inaudito, porque una minoría cualificada del pueblo adoptó una actitud inesperada impulsando Pueblo Canario Unido.


¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Qué corrientes subterráneas discurrían en el seno de los corazones de miles de personas? ¿Cómo es posible que hayan sido capaces de enfrentarse con su participación personal y su voto a la conspiración de todas las clases dominantes del archipiélago, del Estado y del mundo? Tales interrogantes exigen respuestas incómodas, difíciles. Nadie se acordaba de Franco, salvo los ingenieros políticos de la transición, enfrascados en su tarea de construir un nuevo régimen político con la correlativa variante autonómica canaria, para ejecutar el lapidario axioma del Príncipe de Lampedusa, a saber: “algo tiene que cambiar para que todo siga igual”. Tal vez después de muchos siglos de postergación, después de tantos años enfrascados en la miopía social de no ver más allá del pago, el pueblo, el terruño, o el horizonte americano, desperdigados por todas partes, sintiéndose aplastados, dominados por una deformada consciencia de inferioridad frente a los usufructuarios de este dominio, los que saben, los cultos, los detentadores del poder, l@s canari@s comenzaron a interrogarse acerca de sí mismos. ¿Somos de verdad una rebatiña de individuos venidos de todas partes? ¿Este estilo de vida, esta cultura, estas costumbres, esta forma de ser, acaso nacerá de lo más hondo de una realidad social que siempre fue nuestra? ¡Ah amigo...!

Nunca tuvimos Historia, y en cinco años recorrimos la distancia que separa el Ser del no Ser. Quizás cuando todos los protagonistas se vayan finalmente a hacer bolinas se esfume para siempre aquel fogonazo que nunca existió. Aquel escándalo no encaja en ningún manual actual al uso. ¡Es que era la Independencia, la Independencia…!. Miremos para otro lado. Aquella insurgencia que no nos dejó nada, que no fue capaz de transmitirnos el más mínimo legado… Huérfanos de un imposible, los canarios admiramos hoy los juegos de abalorios y el encantamiento ilusionista, para “afrontar” nuevos retos históricos con las manos vacías. ¿Qué más da el sí o el no a la Independencia? ¿Qué más da el formalismo de las banderas? La cuestión es otra: a través de todos los vericuetos, las modas y los retrocesos, una punta de lanza encadenada a la tradición de una lucha, y mantener una voluntad política presente en el tejido social. Una herencia de aquel espíritu, para transformar el país entregándoselo a su propia gente. Pero el espíritu no está, no estuvo nunca, tal como vino se fue, en un soplo, en un instante. ¿Fue una locura? Pero las alteraciones mentales atraen la atención de los científicos, son objeto de análisis, estudios y disecciones. Se elaboran informes, se formulan diagnósticos e hipótesis. La sacudida nacionalista sólo ha obtenido (¿merecidamente?) una conspiración de silencio. Hay cosas de las que vale más no hablar.


Sin embargo, a despecho de los intelectuales orgánicos del poder, a despecho de la buena educación, merecen homenaje todos los hombres y mujeres que abandonaron sus intereses personales y que, unos más otros menos, se quemaron en esta imposible tarea. Todos los que condensaron las ansias de miles de canari@s por sacudirse un fardo ancestral. A la vuelta de los años quizás se termine por comprender que aquél fue el primer intento del pueblo canario por arribar a lo que se ha venido en llamar, con entonación cursi, la modernidad. En versión “isleña”, aquella era la primera expresión política de una sociedad de masas. Atrás quedaron los años de “Mararía”, los siglos que retrataron escritores como Tomás Morales, Alonso Quesada o Miguel de Unamuno, esa quietud casi bucólica, típica de la mentalidad colonial, que tan magistralmente han plasmado escritores como Alonso Quesada o García Márquez. 

Ya no hay posible vuelta atrás. Y hoy vemos y aún seguiremos soportando cosas que hace veinticinco años hubieran hecho “fablar a las piedras”. Aún asistiremos, en su momento, a homenajes y “cantos políticos” a aquella gesta, ondeados por personajes reformistas y constructivos, en esos discursos laudatorios de las batallas florales institucionales, como argumento poético probatorio de que, alguna vez, este pueblo estuvo vivo, con esa increíble capacidad que los políticos tienen para integrar en sus soflamas los hechos históricos más subversivos, transformándolos en cosas relativas, puntuales, pero significativas, antecedentes de la voluntad de construir una nación, eso sí, moderada, dialogante, autonómica. ¿Quién no recuerda la apología de Felipe González a las Tres Culturas del medioevo toledano, como si esa convivencia entre cristianos, judíos y musulmanes fuera un mérito histórico de “España”, la misma “España” que expulsó a estas dos últimas comunidades y convirtió por la fuerza –y torturó, y ejecutó- a muchos de sus individuos?

En cuánto a los defensores de la Revolución Socialista, a la vista está. Los más destacados dirigentes y sus acólitos, con poquísimas excepciones, bien situados en las instituciones oficiales, como detentadores de cargos o funcionarios, inmersos primero en la Reforma y hoy en el pacto con las burguesías insulares y el poder dominante en el Estado español, en plena coalición con la derecha o el moderantismo, enarbolando sus programas transformadores, eufemismo expresivo de lo que alguien ha denominado gestión administrativa del dominio detentado por otros. Mucho ruido para nada. Dejemos tranquilos a los rumiantes de la debacle del modelo de las democracias populares “made in URSS”, a los nostálgicos de la República española (a la que tanto admiro) y la lucha obrera, clamando por un nuevo Frente Popular, por una nueva reivindicación del Derecho a la Autodeterminación, o asumiendo su papel de conciencia crítica de la “democracia burguesa”. Nada de conmiseración. ¿Qué sentido tiene, si ellos mismos se consideran bien instalados en el sentido de la Historia? No sé si hoy seguirán argumentando las mismas justificaciones que en aquella época: “El gran mérito de Lenin es que él carecía de un filón que nosotros podemos aprovechar. Nosotros tenemos a Lenin”. Como decía el maestro: “peor para la realidad”. “Defendella y no enmendalla”. En fin, como dicen los italianos: ¡piove, porco goberno! El gobierno es culpable del derrumbe económico, de la lluvia, de la sequía, de las crisis en la demanda turística, de la exclusión social, del caos en la construcción, de la escasez y el desorden en la enseñanza, de la moratoria turística, de las esperas sanitarias, de la carga demográfica...Los diputados y consejeros gobiernan en nombre del pueblo. Alguien podría argumentar que hay un Poder que está en todas partes y en ninguna. Que los hilos invisibles se extienden y contraen a la voluntad de un tiralíneas que lo tiene todo decidido de antemano. Pero estamos satisfechos porque sólo existe lo que se percibe y ese Poder...¿El Poder? ¿Qué dices? Esto es una democracia. El poder soy yo...(dicen). Siempre existe la tentación del patetismo. ¿Por qué no herir el corazón de lo que amamos, golpearlo, hacerle tragar el polvo acumulado de siglos? ¿Por qué no decir, por ejemplo:

Pero ¡Qué pena!

qué pena que no existas para el orgullo

qué pena que sólo seas un plomizo rechinar...

de palmeras muertas

en montañas muertas

enmarcadas en muertas laderas.

Pero abandonemos. Es absurdo dejarse llevar por la facundia del desconsuelo. Es más fascinante para la esperanza esa especie de desgarro sereno que proporciona el escepticismo. A la postre, lo único que nos queda es intentar adoptar, mientras se pueda, una cierta elegancia. L´espoir. El peso abrumador de las ideas que caracterizaron toda una época. La espiral que gira incesante machacando y reduciendo a cenizas las grandes antorchas que avizoraron El Dorado, San Borondón, La Atlántida. Y siempre se vuelve a la eterna evanescencia, a la fatal consciencia de la relatividad histórica, a la contingencia de todos los paradigmas. La sangre ardiente del alma derrochada a raudales en empresas imposibles, que los siglos postreros te entregan sin pedir nada a cambio. Pero es inevitable, aunque la teoría nos advierta constantemente que sólo podemos alcanzar los fines puntuales que brotan de nuestras propias fiebres del momento, que sólo podemos llegar a ser lo que somos. Ya dijo Marx que no es posible dar recetas para el futuro, que la Historia no tiene un final feliz y ni siquiera tiene un final. Los humanos somos pura existencia, convulsos temblores que confunden la parte por el todo y cada trozo viene a convertirse en un espectáculo grandioso a posteriori. Así que no tiene ningún valor ese patético deseo de prorrogar los transportes que sólo tenían sentido en un pasado hoy tan lejano. Hay aquí una lamentable confusión, un malentendido. Decimos ¡ya está! Todos los sufrimientos, todas las tragedias, tienen hoy un sentido claro, hagamos un último esfuerzo y se abrirán las nuevas avenidas. ¡Qué poesía deliciosa, qué lirismo sublime! Y en la noche, al abrigo del fragor y la estridencia de las luces del combate, se configura en nuestra mente el frío aliento de los parámetros de la razón y los teoremas matemáticos, los susurros que nos advierten que tampoco ahora es el momento de la trascendencia, que la trascendencia no existe. Sin embargo ¿cómo abandonar este absurdo deseo de lograr la luna?

Es cierto que la esencia del “Hombre” es su cualidad de ser social. Pero esta afirmación no nos dice nada acerca de la multiplicidad y ambivalencia de sus estímulos, de los atavismos de siglos que siguen latiendo sin control en perenne y cambiante conjunción con su entorno, forjando nuevas y nuevas combinaciones. Es posible que pueda aislarse tal o cual micra humana que parece estar siempre presente. Y más probable será que no, que nos engañamos, que tal esencia es una petición de principio. Tal vez sea cierta la tesis de Sartre: estamos condenados a ser libre, cada individuo una página en blanco, un proyecto del que podremos decir lo que es cuando ya no es, cuando ha terminado. Si esto es así, aislemos el bacilo que da sentido a la esperanza: la memoria.

Pero nunca la memoria devenida en esperpento, nunca la añoranza. Cada época, cada giro, va exigiendo nuevos ejemplares y es preciso arrojar lastre, es preciso, con Nietzche, afirmar, decir sí al esplendor y a las pesadillas. La intensidad de cada momento en incesante estallido interior, afrontando impertérrito la volubilidad del Destino. Se puede viajar momentáneamente a los espacios siderales, un sano ejercicio si retornamos con la lúcida consciencia de lo absurdo, para poder apostar con conocimiento de causa. Porque vale la pena apostar, vale la pena embriagarse con el crepitar de estas insondables emociones en que se resume la existencia. Y una de ellas es esta ternura, este afecto por estos riscos y estas gentes en que se reflejan los paisajes de mi alma. Esos paisajes de mi viaje, que tan lejos me llevan, con Zorba el Griego, no a la abstracta Humanidad, sino al corazón de todos y cada uno de los eternos perdedores del Mundo.



[Continuará]