
Los niños de papá, que jugaban a ser rojos y nacionalistas, son hoy colocados adultos partidarios acérrimos de la indivisible unidad de España y del sígueme mandando perras que yo sé a quién se las reparto. Con tanta subvención, los empresarios ya no saben en qué gastarse los cuartos. En veinte años hemos conseguido una inmigración que hace que los nuevos colonos (blancos) sean más del 25% de la población residente, y los canarios una minoría étnica en islas como Fuerteventura y Lanzarote. Eso sí, se ha canarizado la pobreza. No sólo ocupamos los puestos subordinados en nuestra sociedad, sino que la media de sueldo de un canario es la mitad del promedio de lo que gana un peninsular en las Islas. Batimos los récords europeos de menor ahorro familiar, de no llegar a final de mes, de fracaso escolar, de precarización laboral, de paro, de menores salarios y de jornadas laborales más largas (y sin cobrar horas extras). El reparto del botín entre los empresarios “amigos” ha alcanzado límites insospechados. El medio ambiente arrasado para que esa burguesía pelotari obtenga esos tremendos beneficios. No va a quedar ni un metro cuadrado de “paraíso”. Nuestra cultura convertida en un paripé para engorde de los afectos al régimen. Y una canción de cuna como himno para adormilarnos del todo. Y por unanimidad autonómica. Aquel en que digamos basta será, de verdad, el día de Canarias. Mientras tanto, píquenmelo menudo, que lo quiero para cachimba.